Viviendas de uso turístico

ROBERTO BLANCO TOMÁS

Vivimos en nuestra ciudad un auge de las viviendas de uso turístico que está causando un lógico debate en los vecindarios, que se ven afectados tanto por esta dinámica como por sus consecuencias. Es un fenómeno muy común, que afecta a la mayoría de las grandes urbes europeas o a las zonas más turísticas del continente, y que se ha visto aumentado tras la pandemia, aunque era algo que ya venía ocurriendo antes de la misma: a todos nos gusta irnos de vacaciones y buscar para ello lugares bien comunicados y a buen precio, que nos permitan experimentar en primera persona cómo es la vida en esos lugares y conocerlos bien. El problema es que ese mismo fenómeno está modificando la “vida cotidiana” allí donde se reproduce, y algunos de sus efectos son, como poco, “molestos” para los habitantes de dichos lugares.

Entiendo que no se trata de proscribir el turismo, indudable fuente de ingresos y de puestos de trabajo y actividad que a todos nos gusta practicar y disfrutar: el mundo es un lugar muy interesante, con un montón de lugares para descubrir y toda una vida ahí afuera que no podemos gozar plenamente debido al pequeño detalle de que tenemos que trabajar (esto es, hacer algo que no haríamos si no fuera porque en esta sociedad necesitamos dinero para cubrir nuestras necesidades; para vivir, vamos), así que esos pocos días libres que tenemos al año nos place utilizarlos “conociendo mundo” y viendo y experimentando lo bonito, gozoso y divertido que esos lugares tienen y que no vemos en nuestra vida cotidiana.

Pero sí creo necesario un control por parte de las Administraciones para que esa sana actividad no ocasione perjuicios a los habitantes (que no están de vacaciones, sino en ese día a día necesario del que huimos con suerte un mes al año) ni situaciones injustas. En primer lugar, entiendo que habría que definir qué zonas o edificios son indicados para ese tipo de viviendas, pues la aparición de una de ellas en un bloque “normal” de vecinos a menudo es causa de choque por los distintos ritmos vitales que llevan turistas y lugareños, así como la sensación de inseguridad que supone para estos últimos ver cómo en su edificio entran y salen personas desconocidas que cambian cada semana, cada dos semanas o cada mes.

Otro efecto, a mi juicio peor, es el que está suponiendo sobre el mercado de la vivienda de nuestra ciudad, de nuestro país. Recordemos además que tal cosa, la vivienda, está reconocida como un derecho, es algo de primera necesidad, pero hay una parte de la población que no la tiene o que no puede acceder a la misma. El fenómeno de las viviendas de uso turístico ha influido de forma negativa, sacando bastantes de ellas del mercado de alquiler y subiendo los precios del mismo, pues obviamente el propietario obtiene mucha más rentabilidad alquilándola por semanas o días a turistas (o por habitaciones a estudiantes) que a una familia para que haga allí su vida, lo que está resultando en un proceso creciente de “expulsión” de los habitantes “de siempre” de las ciudades a lugares más lejanos de su trabajo y de su entorno vital y convirtiendo Madrid en poco menos que un “escenario vacacional” en el que cada vez es más difícil reconocer su identidad. Asimismo, ese uso ha proporcionado una nueva forma de especulación inmobiliaria, existiendo propietarios con una “flota” creciente de viviendas para destinarlas a tal fin, convirtiéndose en su actividad económica principal.

Y esto nos lleva a otro problema: la competencia desleal que denuncian no pocas empresas de alojamiento turístico. Una parte importante de los propietarios de esas viviendas de uso vacacional no declaran tales actividades, y de entre los particulares que tienen dicha actividad como principal pocos son los que se dan de alta como autónomos y hacen las cosas como es debido. Es injusto para el resto de alojamientos, y una suma importante de impuestos que el Estado deja de percibir, y que tan bien vendrían para garantizar unos servicios públicos de calidad o realizar políticas de vivienda digna, sin duda uno de los problemas más importantes que afronta nuestra sociedad y que esta actividad viene a perjudicar gravemente. En definitiva, turismo sí, pero no cualquier turismo.

FOTO: FRAVM


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