Accesibilidad y respeto: el verdadero espíritu navideño
JULIÁN GARCÍA VILLALOBOS ASOCIACIÓN DE VECINOS GOYA-DALÍ, 17 de enero de 2026
Pasó la Navidad. Las luces se apagan, los adornos vuelven a sus cajas y la ciudad recupera su rutina. Pero para muchas personas la normalidad seguirá sin llegar: permanecerán ahí las barreras visibles e invisibles que les impedirán moverse con autonomía por nuestras calles. En pleno siglo XXI, la accesibilidad universal sigue siendo una asignatura pendiente.
A principios de diciembre, a propuesta de la Asociación de Vecinos Goya-Dalí, la Junta Municipal celebró la IV Jornada de Accesibilidad Universal del Distrito Salamanca, un encuentro que fue todo un éxito en participación y contenido. Sin embargo, entre la satisfacción de lo logrado y el gran esfuerzo de los técnicos organizadores, quedó un sabor amargo: la ausencia de la concejala del Distrito. Jornada de apenas cuatro horas, organizada con anticipación por la propia Junta Municipal y con temas que afectan directamente al bienestar de miles de vecinos, y aun así parece no merecer un hueco en la agenda institucional. Y no es un caso aislado: en las tres ediciones anteriores, el representante municipal tampoco consideró oportuno participar más allá de unos minutos testimoniales. Cuatro horas al año para escuchar, aprender y comprometerse con la accesibilidad universal no parecen demasiadas.
Durante el encuentro se presentó una exposición de fotografías accesibles. Uno de los momentos más reveladores de la jornada fue la mesa redonda especialmente emotiva que abordó el tema de las llamadas “barreras invisibles”: esas que solo perciben quienes las sufren. Jóvenes del Colegio Santa Susana Luis, Juan, Venus, Irene y Noelia compartieron con claridad sus reflexiones sobre cómo la falta de accesibilidad limita la vida diaria de tantos vecinos. Un ejercicio admirable de empatía social del que bien podríamos aprender los adultos.
Y se acabó la Navidad, y las luces dejaron de brillar. Lo que no brilló tanto fue el respeto. Mientras unos disfrutan del ambiente festivo, otros muchos se ven encerrados en sus casas por aceras invadidas por motos, terrazas, macetones o escaparates mal situados, obras mal señalizadas, pasos de peatones peligrosos, etc. Todo ello incumpliendo con demasiada frecuencia la normativa de accesibilidad sin que nadie intervenga. ¿Por qué?
Investigando un poco, descubrimos que la Policía Municipal apenas puede intervenir: puede abrir un expediente sancionador, pero no retirar los obstáculos. La paradoja es cruel: el sistema garantista protege frente a los posibles abusos del poder público al posible infractor, pero no protege a la persona afectada por esa infracción. A ello se suma la falta de recursos humanos: las inspecciones se realizan casi siempre por denuncia vecinal, no de oficio. Y cuando hay grandes eventos, como los 211 celebrados en 2024 en el Movistar Arena, la mayoría de agentes se destinan a ellos, dejando desatendida la vigilancia ordinaria del barrio.
Como vecino, me queda una reflexión navideña. Hace unos días, vi en la calle Serrano a una persona mayor que cruzaba fuera del paso de peatones, a 50 metros de los semáforos más cercanos. Los coches, detenidos, esperaban el verde. Cuando se encendió, empezaron los pitidos, los gritos, los insultos. Nadie se acerco a esta persona para ayudar, ni tampoco nadie se detuvo a pensar en las circunstancias de aquella persona. Solo hubo ruido, gritos y desprecio.
Quizá la verdadera accesibilidad y el verdadero espíritu navideño empiezan por ahí: por el respeto, la empatía y la educación cívica. Por entender que hacer ciudad accesible no es solo cuestión de rampas o rebajes, sino de reconocer iguales derechos a todas las personas, sin importar su edad ni sus capacidades.
