• lunes , 11 noviembre 2019

Empezamos 2019 y parece otra vuelta de tuerca del año precedente

ANA DE GÓNGORA. Enero 2019.

Acabamos el año igual o peor que empezamos el 2018. Parece que nuestro país, y el mundo entero, es un gran tiovivo girando permanentemente, y dan ganas de gritar: “¡Párenlo, que me quiero bajar!”.

La gran mayoría de los políticos viven de la política pero carecen de las cualidades y capacidad para serlo, y esto es algo que los votantes deberíamos reconocer y exigir a quienes quieren nuestro voto. Debemos hacerles comprender que necesitamos que quienes pretenden representarnos demuestren de palabra y con sus actos que se comprometen y asumen la responsabilidad que adquieren con nuestro voto. Que no somos un club de fans de fulano o mengano, o de un partido político u otro.

No debemos aceptar que sigan permanentemente con el juego de banderas mareando y distrayendo la atención de temas mucho más transcendentales. Muchos de ellos podrían estar resueltos ya si unos no usaran las banderas como palos en las ruedas y otros se decidieran a actuar en lugar de dudar y decirse y desdecirse constantemente. Los políticos que se presentan a unas elecciones deben tener claro que esto es un servicio ciudadano, un compromiso con sus votantes, y si llegan a acceder a un cargo público su compromiso es con toda la ciudadanía.

Un buen político debe informarse e interesarse por los problemas y preocupaciones reales de la sociedad, y su discurso debe trasmitir el interés por buscar soluciones, saber escuchar y tener capacidad de diálogo, buscando más el consenso o, cuando menos, facilitar acuerdos puntuales para solucionar problemas concretos. Debe saber distinguir que debate es tratar de exponer y escuchar puntos de vista distintos; que por gritar más no se tiene más razón, y eso se denomina “bronca”, algo a lo que un buen político no debe llegar nunca; eso queda para los espectáculos que montan en televisión llamándolos “debate” sin serlo.

Y, sobre todo, un buen político no debe hacerse eco de cualquier rumor que le llegue sin verificar cuánto hay de cierto, por muy favorable que le resulte. Ante todo debe demostrar su veracidad en cuanto afirma y que no puede honestamente provocar miedo, incitar al odio ni a la ira e incluso a la violencia.

Los votantes debemos tener la madurez suficiente para diferenciar la honestidad de la falacia, y quien es capaz de falsear la verdad por lo que es la versión a su conveniencia, para mí al menos, no es digno de representarnos.A

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