'Los médicos jamás podemos perder la calma'

Dr. Juan María Sánchez Pérez, médico de Atención Primaria en el Centro de Salud Ciudad Jardín

Y tratando de regresar a la “normalidad”, entrevistamos al médico de familia y vecino del Distrito Dr. Juan María Sánchez Pérez, que ha vivido muy de cerca estos meses la pandemia y las situaciones producidas por ella. Tan de cerca que resultó infectado, pero afortunadamente todo ha pasado y ha podido regresar a su puesto de trabajo en el Centro de Salud Ciudad Jardín, en el contiguo distrito de Chamartín.

¿Cómo está viviendo su equipo médico el caos causado por la COVID-19?

Durante el mes de marzo lo hemos vivido vocacionalmente. Acudíamos al centro de salud con muchísimo miedo, pero lo intentábamos suplir con bastante buen humor, o al menos haciendo un esfuerzo de voluntad para controlar los nervios. Sabíamos que el peligro de contagio era muy alto y lo aceptábamos como parte de nuestra profesión, o mejor, como digo, de nuestra vocación. Al principio el desconocimiento de nuestro enemigo era absoluto y pasábamos consulta prácticamente con lo puesto. Pero  en fin, como se dice comúnmente, alguien tenía que hacerlo. Ahora nuestro conocimiento de la enfermedad es mucho mayor, aunque lógicamente aún muy limitado. Disponemos de material suficiente y realizamos las pruebas pertinentes a las personas sintomáticas, que son a las que están indicadas principalmente, y en su gran mayoría están dando negativas. Quiero lanzar un mensaje de tranquilidad, ya que si no se han tenido síntomas recientemente, el riesgo de padecer la enfermedad es relativamente bajo. Por todo ello, estamos más tranquilos, aunque no hay que bajar la guardia, porque el riesgo de rebrote por algún comportamiento irresponsable existe.

¿Cómo han sido los casos que le ha tocado vivir?

Gracias a Dios, los casos que hemos vivido en Atención Primaria eran más leves: fiebre muy alta, dolor de cabeza y tos productiva, aunque sin llegar a una dificultad respiratoria franca. Al principio, el diagnóstico era básicamente clínico, con lo que hemos desarrollado nuestro olfato médico muchísimo. Diagnosticábamos al paciente, le poníamos tratamiento, básicamente sintomático, y le aislábamos en casa. Posteriormente le hacíamos seguimiento telefónico hasta la desaparición de los síntomas durante el tiempo dispuesto en el protocolo del Ministerio, y le dábamos el alta. Si el paciente estaba especialmente grave o empeoraba durante el seguimiento, llamábamos al 061 para la derivación hospitalaria. Quiero lanzar, por tanto, un mensaje de agradecimiento a los compañeros del SUMMA, SAMUR y Atención Hospitalaria, que se han llevado el peso mayor del trabajo. Nuestra labor, digamos, ha sido la detección precoz de los casos y evitar su empeoramiento.

Ahora nuestro conocimiento de la enfermedad es mucho mayor, aunque lógicamente aún muy limitado

¿Qué ha intentado transmitir a la gente que daba positivo?

Tranquilidad, sobre todo si era joven, aunque a veces ni yo mismo creía lo que decía. Los médicos jamás, recalco, jamás podemos perder la calma; tenemos que, al menos, aparentar que no la hemos perdido. Una vez que yo me infecté y me curé, gracias a Dios y a mi mujer, sin secuelas, sí creía en la tranquilidad que intentaba transmitir, a la que se añadía la compasión, porque realmente he padecido la enfermedad con mis pacientes. En cualquier caso, en los casos graves el médico debe transmitir consuelo al que sufre: no sabemos si la curaremos o no, pero hay que acompañar a una persona doliente que tiene toda su dignidad de ser humano.

¿Cómo han llevado usted y su familia el verse infectado?

Mi profesor de Oncología Médica decía que un buen médico no se convierte en un médico bueno hasta que no llega a ser consciente de su propia mortalidad. Ante la llegada de la pandemia, envié a mis octogenarios padres a mi pueblo, Úbeda, en Jaén (por cierto, recomiendo fervientemente su visita: es Patrimonio de la Humanidad). Cuando me despedí, recé para que no fuera la última vez que los viera. Gracias a Dios, han alcanzado los 60 años de matrimonio el pasado 3 de mayo. Cuando enfermé, me di cuenta de que aquella podía ser la última vez que ellos me vieran a mí. Providencialmente mi caso ha sido leve, aunque psicológicamente estuve fatal, con lo que, después de 15 días aislado en casa de mis padres, mi mujer, jugándose la vida y la de mi queridísima suegra, enferma de Alzheimer, y que por supuesto vive con nosotros, nada de residencias, me hizo volver a casa, donde terminé mi recuperación con el debido aislamiento. Personalmente he aprendido el valor infinito del sacramento del matrimonio.

¿Se atreve a hacer un pronóstico de hasta cuándo puede durar la pandemia?

Ésta es mi opinión personal, y sin base científica, casi hablo más como persona que como médico, pero sincera y desgraciadamente, el virus ha venido para quedarse: creo que será  estacional, como la gripe, y que en mayor o menor medida dará problemas cada invierno, especialmente en la población mayor y más vulnerable. Me temo que tendremos que adaptar nuestra vida al virus: el término “nueva normalidad” es feo, pero real. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, pero diría que varios años.

¿Cree que una vacuna será la solución a la crisis?

Si es efectiva, por supuesto. Pero los ensayos clínicos hasta encontrar una vacuna definitiva duran años, y ahora el plazo es corto y la necesidad, larga. Sí, creo en una vacuna testada correctamente. Pero sin ánimo de ser derrotista, llevamos 40 años con el SIDA y aún no hemos encontrado una solución definitiva. Y este virus, con la variedad de cursos clínicos que nos ha mostrado, nos enseña que es muy complejo.

¿Alguna recomendación a los vecinos?

Que sigan escrupulosamente las indicaciones de las autoridades sanitarias y las nuestras, las de los médicos. No puedo dejar de decir que me ha producido un asombro mayúsculo ver más gente ahora por la calle que antes del confinamiento. Especialmente tenemos que ser más sensibles a la hora de cuidar a personas más vulnerables, sobre todo a nuestra gente mayor. Como dice el papa Francisco, de esta pandemia tenemos que salir cambiados, y quien no salga mejor persona saldrá peor, no se quedará igual.



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