CINE. ‘Rebeldes del dios neón’

Para escribir sobre Rebeldes del dios neón (1992), debo redactar una minimísima introducción. La isla de Taiwán en los 80-90 vive una revolución tecnológica y de hiperindustrialización que pocas ciudades en el mundo experimentan; además son años donde se impone en la región el régimen de “tolerancia cero” en venta y consumo de drogas. Por último, la ciudad de Taipéi crece, se expande con una sociedad supertradicional, llena de fetiches, mitos y creencias de una cultura milenaria. Esta mezcla “imposible” culmina produciendo una subcultura que se expande rápidamente por todo el mundo, que son los videojuegos.

Tsai Ming-Liang (Malasia, 1957), a sus 20 años, se traslada de su ciudad natal Kuching a Taipéi para estudiar Cine en la Universidad de Cultura China. Al graduarse escribe teatro, realiza cortometrajes y trabaja en televisión. Años adelante conoce a Lee Kang-Sheng (1968), con quien trabajará mano a mano en la mayoría de sus filmes por más de 30 años.

El director describe su cine como una repetición de acontecimientos a través del tiempo y que han suscitado en él diversos estados emocionales. Ming-Liang se inspira en sucesos de la vida real; además, dice que no entrega sus guiones cerrados a sus actores; es más, se apoya en ellos para que lo guíen hacia donde debe encauzar la historia. En ocasiones incluso ayudan a pensar dónde se colocará la cámara y trabajan con movimientos libres y naturales. También, sus localizaciones son especialmente escogidas por él mismo: todas tienen un significado “especial”.

La película comienza con tres secuencias impactantes. El director se adelanta y nos describe rápidamente quiénes son los personajes: dos jóvenes Ah Tze (Chao-Jung Chen) y Ah-Bing (Jen Chang-Bin), quienes empapados por la lluvia entran en una cabina telefónica y fuman de manera estresadísima. Medio secos y con herramientas sencillas roban la caja con monedas del teléfono. En otro lugar de la ciudad, un chico aburrido, Hsiao-Kang (Lee Kang-Sheng), intenta estudiar mientras caza una cucaracha con un compás escolar que clava en su mesa. Afuera sus padres Lu Yi-Ching y Miao Tien apenas se dirigen la palabra. Y por último, en una habitación casi vacía, la despedida del hermano de Ah-Bing, que deja durmiendo a la joven Ah Kuei (Wan Yu-Men, 1971). Al alejarse le deja una tarjeta personal y le suelta “un caramelo”: “Búscame si te interesa comprar un automóvil”.

A estas tres secuencias iniciales y prácticamente sin diálogos las envuelve una enigmática, monótona e inquietante melodía con el claro propósito de señalar la alienación social y la soledad urbana. Jóvenes que se enfrentan al ruido de una modernización para la que no han sido preparados, ni sus familias tradicionales ni las arcaicas y viejas infraestructuras en donde viven, estudian y conviven. “Ellos” buscan estímulos inmediatos al más puro efecto de ganar el siguiente nivel en el superjuego más famoso del mundo, Street fighter II, o conducir una moto deportiva por la noche sin casco, robar sin ser atrapado, beber cerveza “hasta morir” y tener sexo con la chica que te gusta (pero que se gana la vida con ello).

Sí, el absurdo paralelismo con Rebelde sin causa, con un James Dean “de papel” presente en una enorme sala de videojuegos y en donde Hsiao-Kang se cruza con él. O, aleatoriamente, la obra puede que sirviera en un futuro próximo como inspiración para Kids (1995) de Larry Clark.

Lo que observamos es a cuatro jóvenes solitarios que tienen una vida privada de lujos y llena de desamparo y soledad, que viven en condiciones contradictorias porque, si bien se sienten acompañados entre ellos, en realidad buscan satisfacción inmediata, venganza y deserción social. Quizá lo que les salva es la sensación del anonimato de la gran ciudad.

Tsai Ming-Liang pertenece a la “Ola de Cine Contemplativo” y también a la generación de la “Segunda Ola del Cine Taiwanés”, y como director experimenta con historias e imágenes urbanas sobre la modernización social y tecnológica y subraya las luchas internas de sus protagonistas. Las películas de esta época ganaron reconocimiento internacional y han ayudado a consolidar el cine de la región.

 

ANA ÁLVAREZ 


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