HISTORIAS DEL DISTRITO. La hora azul
MIGUEL ROMERO MEMBRIVES , 24 de febrero de 2026
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Il pleure dans mon cur Comme il pleut sur la ville; Quelle est cette langueur qui pénètre mon cur?
Il pleure dans mon cur, de Paul Verlaine
Un sueño en un Madrid que sigue siendo aún absurdo, brillante y hambriento
Vine al barrio porque me dijeron que aquí trabajaba mi padre. Lo habían visto en Los Galgos, en Eurocis y por la Guindalera. Me lo dijo mi madre. Así se lo prometí estrechando sus manos.
Yo recordaba ver entre sus papeles que vivió en Duque de Sesto, antes de casarse ellos. Y algunas listas de su historial laboral con todas las obras donde había participado.
Mientras tanto hallábame en un tranvía... Observando a pasajeros y el interior con curiosidad. Yo no recordaba haber montado en alguno (recuerdo subir en autobuses azules con revisor y cobradores atrás).
Parecía existir un hilo musical de fondo: “Vivo en el número siete, calle Melancolía. / Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría, / pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía. / En la escalera me siento a silbar mi melodía.”

Tranvía girando de Diego de León a Conde de Peñalver en 'La vida por delante' (1958).
De repente el tranvía me desconcertó, paró bruscamente y con él ese eco sabiniano. Se había parado en Diego de León esquina a Serrano. Bajé en la estación y me moví extrañamente con la seguridad del que siempre iba y venía por ella.
Ya me di cuenta de que era un sueño y veía este barrio a través de los recuerdos de mi madre. Con nostalgia y entre algún suspiro. Me acerqué a Claudio Coello al Hotel Los Galgos, en construcción. Pregunté a varios oficiales y allí no estaba. Un obrero me dijo que preguntara enfrente.
Volví sobre mis pasos y, para mi sorpresa, donde estaba la estación de tranvía me encontré un hotel haciendo esquina; ya lo conocía. Era el Hotel Alcázar. Estaban reformándolo, cambiando ventanas.

EDIFICIO BANCAYA, en Francisco Silvela con María de Molina.
Recordé que mi padre me contó que estuvo allí trabajando y que el día del atentado a Carrero Blanco lo vio en directo. Al parecer en el sueño había retrocedido en el tiempo hasta 1973, y ya era de noche.
Por instinto me puse a andar y busqué mi casa, la de mis padres en General Oráa, pero no fui directo. En los sueños a veces todo discurre de una manera ilógica e irracional.
Estaba en un coche, era el Simca 1200 blanco. Estábamos subiendo por María de Molina y a lo lejos refulgía en lo alto del enorme edificio de ladrillo visto y alargadas terrazas allá al final esquina con Francisco Silvela y sobre él el letrero de Iberia. “Por fin estamos en casa”, escuché a mi lado. Era mi hermana Ana María.
...Amanece en una buhardilla, con techos bajos. La habitación más grande dispone de un ventanuco en la cabecera. Un humilde armario de madera recubre la pared. Una cama de matrimonio. Una mujer joven dobla allí, sobre ella, la ropa. Una niña sentada a los pies juega con un osito llamado Tiliti. Existe silencio en la estancia.

Estación del barrio de Salamanca en el plano parcelario.
Me alejo y paso a un exiguo comedor con una mesa de madera recubierta de hule. Allí al lado hay tres puertas, la más cercana da a una habitación muy pequeña. Creo ver una cuna, pero está vacía. La siguiente da a una pequeña cocina con fregadero de loza. Y una ventana que da al exterior por donde entra la luz del sol sobre un armario de formica color marrón claro. Creo que huelo algo de café sobre un hornillo eléctrico...
Hay un baño en la siguiente puerta. Es tan pequeño que solo permite un inodoro y un lavabo que parece de Liliput. Sobre la tapa han dejado un barreño grande de zinc. A mi izquierda, un pasillo relativamente largo que da al exterior. La puerta está cerrada, es de metal y dispone de una ventana que permite que entre el fresco, aunque esté cerrada. Afuera, la corrala. Estoy en mi casa, y vuelvo a ver esos pasillos tan estrechos...
Como ocurre en los sueños, paso al pasillo sin abrir la puerta. Miro hacia arriba y veo unos pájaros que me sorprenden sobrevolando a gran velocidad. Advierto que en los pasillos están Simarro, López Vázquez, Gutiérrez Soto, Vázquez Díaz, Bill Evans... Todas aquellas personas de las que les hablé en estas páginas estaban allí abarrotando la vieja corrala. Han venido a despedirse de mi familia y de mí.
Sorprendo a Umbral enfadado mascullando a lo lejos “¡Que c...! Cómo se han atrevido...” mientras habla con Evans; Norah Borges, algo triste, está con mi madre y hermanas abrazándolas. Mi padre, Antonio Machín y Berlanga hablando sobre una película que Luis quería hacer sobre un fondo de inversión que adquiría nichos funerarios para invertir en ellos y reconvertir en viviendas. Antonio Vega y Juan Ramón Jiménez se acercan y me animan a seguir escribiendo: que la situación actual no me quite el placer de seguir hablando del barrio.
Y como en una película de Fellini observo que ya no soy yo mismo. Me he desdoblado y me observo y observo a Antonio y a JRJ como uno más. Observo que me elevo y alejo, del pasillo, de la corrala, del edificio de General Oráa... Y conforme me voy distanciando muy lentamente se van borrando los pasillos de la corrala, los estudios Roptence, los cines Dúplex, la jugueteria Gepetto, la tienda de golosinas Antojos, la plaza de toros al lado de la Puerta de Alcalá…
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Vista de María de Molina desde el edificio Bancaya.
