HISTORIAS DEL DISTRITO. Cerca de la colina de los Chopos

“[...] calle del General
Oráa, cerros entonces,
chopos solitarios
y sierra libre…”.

Juan Ramón Jiménez

 

Hace algo más de un siglo que se plantaron unos chopos en los cerros del Viento. Así se llamaban los altos del Hipódromo (que entonces existía donde ahora están los Nuevos Ministerios, aproximadamente).

Detrás del Palacio de las Artes y la Industria (hoy Escuela de Ingenieros y Museo de Ciencias Naturales) se edificó la Residencia de Estudiantes (1910), un conjunto de edificios neomudéjares (Gemelos, Transatlántico, Central o La Casa) y el canalillo de Isabel II que de norte a sur lo traspasaba y refrescando invitaba a la reflexión.

Fundada por Giner de los Ríos y en la línea de la Institución Libre de Enseñanza, pretende ser un complemento a la enseñanza universitaria, pero se convertirá en núcleo de modernización científica y creación artística en aquella Europa de entreguerras. Eligieron al poeta Juan Ramón Jiménez como residente de honor (1913).

JRJ diseño conjuntamente con Marcelino, el jardinero, un jardín de adelfas (dos grandes adelfas rojas y una blanca); y posteriormente se plantaron unos olmos (1915), algunos  de ellos los plantó también el mismo JRJ entre dos de los pabellones… Al verlos “echados todavía sobre el suelo, con sus raíces en el esportón de tierra madre, oliendo a vida y esperanza…” sin querer bautizó aquel lugar como “colina de los Chopos”.

'Una Investigación', (1897), también de Joaquín Sorolla.

 

Y así se conoció hasta que lo olvidamos al desaparecer aquel Madrid por este otro con terrazas llenas de humo, el ruido de la furia mecánica sobre el alquitrán y donde la brisa muere trágicamente estrellada sobre moles de cemento.

Desde la Residencia de Estudiantes deseo desplazarme hasta la calle General Oráa nº 3, para comentarles que allí se instaló un laboratorio el médico Juan Madinaveitia Ortiz de Zárate (1861-1938), quien desde 1903 trabajaba en la Facultad de Medicina de Madrid como profesor agregado de Patología General.

Madinaveitia es uno de los médicos insignes de la generación del 98 y uno de los artífices del giro de timón tan decisivo que realizó la Medicina en aquellos años. Por ejemplo, hasta que Madinaveitia publicó en 1889 su libro Enfermedades del aparato digestivo nadie que se especializara en Medicina contaba con un manual tan exhaustivo; se estudiaba en manuales de medicina interna, y publicaciones solo del aparato digestivo no abundaban.

Pero la importancia de Madinaveitia no solo reside en su obra, dado que su tesis (1889) Pronóstico de las lesiones vasculares crónicas iniciaba una serie de decisivas monografías científicas con gran sentido clínico, pero especialmente pedagógico.

Madinaveitia consideraba que nada mejor que un enfermo y las salas de necropsias podrían enseñar mejor a un alumno. Por ello, la importancia de Madinaveitia se debe, además, a sus alumnos, entre los que destacaremos a Luis Urrutia, Gregorio Marañón, Ramón y Cajal o Teófilo Hernando Ortega. Gracias a él se creó la escuela gastroenterológica española.

Pero como les comentaba, estableció un laboratorio y clínica privada gracias a un acuerdo entre la Diputación Provincial y la Facultad de Medicina en la calle General Oráa nº 3. Y al lado, en General Oráa Nº 5, uno de los colaboradores, Luis Simarro Lacabra (Roma, 1851 – Madrid, 1921), estableció su casa y su laboratorio (antes Simarro residió en Conde de Aranda, 1).

'Retrato del Dr. Simarro al microscopio' (1897), de Joaquín Sorolla.

 

El brillante Simarro era neurólogo, neurohistólogo, psiquiatra y psicólogo experimental. Trabajó como primer médico supernumerario del Hospital de la Princesa y en la Casa de Dementes de Santa Isabel (1877), y neuropsicólogo en el Sanatorio de El Rosario (Príncipe de Vergara, 53).

Dio prioridad a la enseñanza sobre la obra escrita. Y la impartió en su laboratorio, uno de los mejor preparados de España. Primero lo tuvo ubicado en el Arco de Santa María; por ejemplo, allí Ramón y Cajal (1887) conoció la tinción histológica con nitrato de plata (descubierto por el italiano Camilo Golgi). Este adelanto decisivo lo conoció Simarro cuando trabajó en París. Consiste en teñir la neurona. Pero es más, el propio Simarro le enseñó un método propio como observar con claridad las neurofibrillas neuronales.

En este laboratorio aprendieron muchas personas sobre las técnicas con piezas que provenían de las histologías (estudios de tejidos orgánicos) que provienen de las autopsias de Madinaveitia. En el laboratorio también trabajaron Miguel Gayarre y Espinal (neuropsiquiatra), José Miguel Sacristán y Gutiérrez (psiquiatra), Gonzalo Rodríguez Lafora (neurólogo y psiquiatra), Luis Urrutia (pionero de la cirugía digestiva), Nicolás Achúcarro (neurocientífico) y Luis Calandre (cardiólogo e histólogo que impulsa por vez primera la cardiología como disciplina independiente).

De aquellos momentos de laboratorio, su amigo Joaquín Sorolla pintó Una investigación (1897). Es casi una instantánea donde Simarro trabaja usando un microtomo Leitz y realizando una preparación histológica. Quizás con él se encuentran algunos de los eminentes especialistas que mencioné en el párrafo anterior.

Su casa fue una referencia no solo para médicos y especialistas, también para lo más granado de la ciencia y de las letras. Podemos mencionar visitas de Ramiro de Maeztu, Giner de los Ríos, Antonio Machado... Disponía de una magnífica biblioteca que el escritor Ramón Pérez de Ayala valoró como una de las más ricas (Kant, Nietzsche, Wundt, Spinoza, Carducci, Shelley), y de la que se benefició José Ortega y Gasset (donde afirman que conoció, por ejemplo, la obra de Husserl). Y allí Simarro, tras la muerte de Mercedes Roca, su mujer (1913), acogió brevemente a Nicolás Achúcarro y a JRJ…

Mágicamente cierra el círculo JRJ. Sueño en ocasiones, como soñaba él, despierto. Y en este ensoñar resuena de fondo la Romanza de Salvador Bacarisse. Y allá lejos “por la orilla del canalillo retorcido; en parejas o en ternas, como fantasmas de amistades: solos, como sombras de amigos solitarios; los chopos, sin hojas, dulces, callados, melancólicos” (JRJ).

Juan Ramón Jiménez, por Vázquez Díaz

 

 


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