Aprender inglés después de los 65: lo que cambia y lo que no

En el Distrito Salamanca vive mucha gente que ya se ha jubilado y que, por primera vez en décadas, tiene tiempo. Y el inglés aparece en la conversación por motivos muy concretos: los nietos que crecen en Londres o en Dublín, un viaje largo que se lleva años aplazando o, simplemente, las ganas de entender una película sin subtítulos.

La duda suele ser la misma: si a estas alturas merece la pena. La investigación da una respuesta matizada. Un equipo de la Universidad de Edimburgo (Bak y colaboradores, 2016) observó mejoras en la atención tras una sola semana de curso intensivo en personas de 18 a 78 años, y esas mejoras se mantenían en quienes seguían practicando. La edad no impidió el efecto. La constancia sí marcó la diferencia.

Conviene ser honesto con los límites. Después de los 65 cuesta más perder el acento y fijar vocabulario nuevo. A cambio, se llega con ventajas que un estudiante joven no tiene: paciencia, objetivos claros y una agenda que permite practicar a diario. El tropiezo más habitual es otro: empezar con una aplicación del móvil y dejarla a las pocas semanas porque al otro lado no hay nadie con quien hablar.

Lo que mejor funciona a esta edad es poco misterioso. Grupos pequeños, para que nadie se quede callado. Mucha conversación sobre temas reales y un profesor que corrija sin prisa. Y poder elegir el horario, porque la mañana libre del martes no siempre es la del jueves.

Ese es el planteamiento de What’s Up! Living English, una red de 40 academias en 23 ciudades: clases de un máximo de siete alumnos del mismo nivel, sesiones de conversación sin límite semanal y reserva libre de lunes a sábado. En el propio barrio está la academia What’s Up! de Juan Bravo, junto a Diego de León y Príncipe de Vergara, donde se puede asistir a una clase abierta gratuita antes de decidir. Sin promesas milagro: rutina real y alguien que te escuche y te corrija.

 


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