• martes , 25 junio 2019

Un récord de vergüenza

ROBERTO BLANCO TOMÁS. Septiembre 2018.

El que me dispongo a tratar se está convirtiendo ya en un tema recurrente en esta sección. Me refiero al precio de la electricidad en nuestro país, que aumenta y aumenta como el rostro de sus responsables. Y es que son muchos los ciudadanos que se preguntan por qué el recibo de la luz es tan caro por estos lares, y la respuesta, no lo duden, es la siguiente: porque a las eléctricas les dejan hacer lo que les sale de las narices, y luego el poder político, vía impuestos, lo empeora.

Como ya sabrán, el 5 de septiembre se batía el récord de 2018, situándose el precio de la electricidad en una media de 18,02 céntimos por kilovatio hora, según datos de FACUA. Un 23,8% más caro que el del mismo día de 2017, 14,55 céntimos. Situación que ha llevado a la asociación de consumidores a solicitar una reunión a la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, para preguntarle qué pasa con esta historia y qué piensan hacer desde el Gobierno al respecto, amén de presentarle sus reivindicaciones, entre ellas que se amplíe la definición de “consumidor vulnerable”, al que la normativa comunitaria permite proteger con tarifas bonificadas.

Y es que lo del recibo de la luz es tremendo, como tremenda es la poca vergüenza que se adivina en quien lo haya diseñado cuando nos ponemos a analizarlo con detenimiento. Una tarea nada fácil, pues según datos de OCU, solo un 11% de los consumidores entiende por completo su factura de electricidad. Como desglosar el recibo excedería con mucho la extensión con que cuento para este artículo, se lo resumiré (en cualquier caso, en internet es bastante sencillo encontrar dicho desglose explicado, y les animo a que lo hagan. También les advierto: se van a cabrear bastante).

Lo primero que hay que decir es que realmente nuestro consumo supone solo un 35% de la factura, mientras que el 65% restante corresponde a impuestos y peajes, de lo que se extrae que pagamos sumas tan elevadas no tanto porque consumamos mucho, sino también por todos los impuestos y demás cargas que este recurso de primerísima necesidad lleva “adosados”. Sin ir más lejos, ¿se han fijado en que el IVA que pagan con la electricidad es del 21%, el propio de un objeto de lujo? Calentarnos en invierno, alumbrarnos por la noche, conservar alimentos en una nevera… ¿son un lujo para nuestros gobernantes? Como pueden ver, en un primer vistazo ya hay motivos para enfadarse seriamente.

Y podemos encontrar muchos más. Porque la parte del consumo también tiene lo suyo. No sé si saben que el precio de la electricidad que ustedes pagan se fija a través de “subastas”. En ellas, se estima la electricidad que se va a consumir en un periodo de tiempo dado y se cubre la cantidad a través de distintas fuentes: primero se introduce la procedente de las tecnologías más baratas (hidráulica y eólica), y si con ellas no basta, se añade las más caras (centrales de ciclo combinado). Obviamente, cada fuente tiene un coste distinto, y aquí viene “lo bueno”: en lugar de hacer una media, se fija el precio con la última fuente utilizada, “casualmente” la de mayor coste. Qué listos, ¿verdad?

Además, como ha denunciado FACUA, el modelo tarifario implantado en la “era Rajoy” “no solo ha facilitado a las compañías nuevas subidas injustificadas, sino también un auténtico caos para los usuarios, ya que ahora no pueden conocer con antelación qué tarifas se les aplicarán y sus recibos pueden llegar a incluir hasta 744 precios distintos por la energía consumida —uno por cada hora incluida en el periodo de facturación—. Algo que hace muy difícil verificar si se producen errores o fraudes”.

Ante este fenómeno, cualquier persona mínimamente razonable se lleva las manos a la cabeza. ¿Cómo es posible que el precio de un recurso como la electricidad, de vital importancia a nivel estratégico y de primera necesidad para la población, esté controlado por el mercado, y la única acción visible del poder político sea cargarlo de impuestos? Pues por lo que decíamos al principio: aquí, a las eléctricas (y en general a todas las grandes empresas) se les deja hacer lo que les da la gana. La idea que tiene nuestra clase política del país que compartimos es que esto es un huerto para los “amiguetes”, en el que entre todos ellos se reparten la cosecha. Porque quien manda realmente es quien tiene la pasta, y la mayoría de los que ponen la cara en los telediarios, cuando acaban su mandato, pasan por una “puerta giratoria” a alguna de esas grandes empresas con un carguete, cabe suponer que en agradecimiento a los servicios prestados. Y así nos va.

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