• jueves , 12 diciembre 2019

‘The walking pols’

PGARCÍA.

No puedo precisar cuándo surgió el principal walking pol (pol, contracción de “político”), es decir, un walking dead o muerto viviente, pero de la cosa pública. Debió de ser unos años después de la Transición, allá por los 80 del siglo pasado. Ninguno se percató de su existencia: confundió sus actos con los de los predadores naturales de costumbre, y nadie disparó las alarmas.

Los walking dead o muertos vivientes ya saben ustedes lo que son: cadáveres vueltos a la vida que se nutren de la carne de seres humanos, muy voraces, implacables como ellos solos y difíciles de exterminar. Pues los walking pols son lo mismo, pero en política, que se alimentan del jugo de los contribuyentes, y no hay modo de acabar con ellos. Contra los hombres lobo disponemos de balas de plata; contra los vampiros, de espejos, crucifijos, ristras de ajos, la luz del sol o la estaca de madera clavada en el corazón. Con los “políticos vivientes” tratamos de emplearlos, y los “políticos vivientes” se parten de risa, no experimentan el menor daño y nos exprimen con más energía si cabe.

Tradicionalmente, esta clase de sujeto había sido una persona dedicada al arte de gobernar un país, o al conjunto de actividades relacionadas con ese fin. Para ello se organizaba en partidos y no paraba hasta dirigir la colectividad dictando disposiciones para su marcha ordenada y haciéndolas cumplir. Tal profesional vivía con un salario normal, como cualquier hijo de vecino. Si no se juzgaba debida su gestión, se le apartaba de ese puesto (había diversos mecanismos adecuados) y se le sustituía por otro más idóneo. Los walking pols a los que me refiero en nada se asemejan a ellos. Los “políticos vivientes” no administran los tributos redistribuyéndolos entre los que contribuimos, atendiendo a la salud pública, la enseñanza, las necesidades sociales y el bienestar de los que con tanto esfuerzo los aportamos, sino que se quedan con enormes y suculentas tajadas que se guardan en los frigoríficos de Panamá, las Islas Vírgenes y demás paraísos fiscales, para disfrutarlos a modo por su parte y la de sus descendientes cuando llegue el momento.

Cierto político debió de trapichear, recalificar, prevaricar y cohechar por la época que digo, y se convirtió en walking pol sin que fuéramos capaces de advertirlo. Contagió al de al lado y un par más, la infección se extendió como un incendio incontenible, y ahora los “políticos vivientes” son una horda voraz, insaciable, que nos rebaja los sueldos, nos lo recorta todo, nos succiona ferozmente hasta las entrañas y no se detendrá hasta dejarnos con el pellejo pegado a los huesos. Son como los walking dead, pero mucho más.

Lo terrible es que ni siquiera con las urnas podemos combatirlos. Porque ya lo hemos intentado en ocasiones anteriores, y lo tienen arreglado de modo que siempre salen los mismos o los de idéntica especie.

En fin, que si a mí me dejaran elegir, no se si entre los walking deads y los walking pols me decidiría por los primeros. Al fin y al cabo, los muertos vivientes se mueven despacito, y con un buen par de piernas se puede poner uno a salvo. Los “políticos vivientes”, en cambio, nos tienen inmovilizados. Y hacen con nosotros lo que les sale de las narices.

¿Comprenden cuál es mi estado de ánimo después de la consulta del pasado 26J?

 

 

 

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