Por megatones

Pues estamos apañados… No es que el panorama mundial haya sido nunca halagüeño, pero de un tiempo a esta parte y de forma creciente la cosa parece más desquiciada que nunca. Me refiero, claro, a la escalada verbal que hemos visto estos días en lo que parece que vamos a tener que empezar a llamar “el campo de batalla europeo”.

Teníamos, por un lado, que Suecia, que acaba de superar su último obstáculo (el retraso provocado por Hungría) para convertirse en el miembro nº 32 de la OTAN, en las pasadas semanas ha pedido a su ciudadanía estar “mentalmente preparada” para la guerra. Luego también la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, diciendo que “la amenaza de guerra no es imposible”. Y para rematar la cosa, sale el presidente francés, Emmanuel Macron, al término de una cumbre con 27 líderes y ministros de la Unión Europea y la OTAN, y suelta eso de que aunque de momento no hay consenso para ello, “no hay que excluir” el envío de tropas occidentales a Ucrania para apoyar a este país en su guerra contra Rusia.

Por supuesto, la respuesta de este último país ha sido inmediata, contundente y muy en la línea a la que nos tiene acostumbrados el presidente ruso, Vladimir Putin: “Los oponentes de Rusia deben recordar que nosotros tenemos armas capaces de alcanzar objetivos en su territorio y que lo que plantean asusta al mundo entero. Todo esto amenaza con [desatar] un conflicto con armas nucleares y, por tanto, la destrucción de la civilización” [El País, 1 de marzo]. Solo le han faltado los rayos y los truenos detrás, al mejor estilo de villano de dibujos animados o de película cutre. Y ha seguido: “Recordamos la suerte que corrieron aquellos que alguna vez enviaron sus contingentes a nuestro territorio, pero las consecuencias para los intervencionistas serán ahora mucho más trágicas”. Pues eso.

Claro, cuando Macron se pegó su sobrada, el resto de Gobiernos occidentales, unos de una forma y otros de otra, se apresuraron a dejar claro que ellos no se estaban planteando mandar tropas a combatir a Ucrania. Y el secretario general adjunto de la Alianza Atlántica, Mircea Geoana, lo dijo cristalino en la entrevista publicada también el 1 de marzo en El País: “Respetamos completamente el derecho de nuestros aliados a aportar nuevas ideas. Pero en la OTAN no tenemos intención ni planes de desplegar tropas en Ucrania”. Vale, pues entonces… ¿por qué dice eso el presidente francés? ¿Estamos ante una metedura de pata por pasarse de chuleta? ¿Se trataba de un tanteo? ¿O qué demonios pretendía? Porque con el hombretón de Moscú poca broma, que es de los que parece que van de farol pero de buena mañana te invade un país o te envenena con polonio, según le sople el viento. Así que me lo puedo imaginar perfectamente desatando el apocalipsis nuclear a lomos de un misil intercontinental, a pecho descubierto y shashka en ristre.

Y ése es un poco el tema: siempre hemos tenido una pésima forma de organizar nuestras sociedades, delegando la acción política en terceros que dicen servir a nuestros intereses pero que en la práctica sirven a los de un reducido grupo de personas, el poder económico, que es el poder real. Pero en los últimos años asistimos al desembarco paulatino de una serie de figuras que, aunque sirven a los mismos intereses, lo hacen de una forma algo diferente, al menos en la estética: son todos estos “líderes carismáticos”, salvapatrias, que apelan a las bajas pasiones del electorado y se dicen firmes ante los muchos enemigos que quieren convencernos de que tenemos. Y ofrecen soluciones simples, a menudo contundentes e incluso violentas, a problemas complejos. Putin es un buen ejemplo, aunque personalmente Zelenski no me parece muy distinto. También lo son Trump o Bolsonaro, Meloni o Le Pen. En este país también tenemos de eso, claro; no los nombro para no darles publicidad. Lo llamativo es que, como una estúpida moda, están contagiando sus formas al resto de la clase política. Y lo triste es el gran apoyo social que han conseguido, para muestra Putin en Rusia o Trump en los EE UU.

Así pues, a mi entender, lo primero que hay que tener claro es que con gente así no hay que ir a ningún sitio, ni siquiera coyunturalmente. Porque con ellos al final todo se reduce a una competición por demostrar quién tiene los megatones más gordos. Si quieren pelea, que se peguen ellos a puñetazos, que sus intereses no valen nuestras vidas. No a la guerra, a ninguna guerra.


  Votar:  
  Resultado:  
  1 voto