El jardín vertical de la M-30, un fraude ecológico

Crónicas de la losa (XIII)

Con un coste de 6,2 millones de euros, el Ayuntamiento presenta a bombo y platillo un jardín vertical en la M-30 a la altura del puente de Ventas, muy cerquita de la losa. Cuatrocientos metros de plantas colgadas sobre el hormigón, 2.834 m2 de vegetación, riego automatizado con agua regenerada, una estación meteorológica y sensores para medir la humedad del sustrato, la evaporación, la temperatura y la calidad del aire.

Estamos, de nuevo, ante una operación de maquillaje que se desmonta con ciencia y sentido común. Conviene empezar reconociendo que los jardines verticales, en abstracto, tienen beneficios: reducen la temperatura interior de un edificio entre 5 y 10 ºC en verano, mejoran la calidad del aire absorbiendo gases contaminantes y partículas en suspensión, retienen el agua y proporcionan alimento y refugio para la fauna.

El problema es dónde y cómo se coloca ese jardín. Existe un conjunto de criterios (hasta 42 parámetros) para determinar si un jardín vertical merece llamarse sostenible y doce de ellos son de obligado cumplimiento.  El anunciado jardín incumple de partida varios de ellos. El primero es el más evidente: distancia a vías de alto tráfico. Está demostrado que las plantas situadas junto a carreteras de alta densidad contienen entre 8 y 11 veces más metales pesados, lo que reduce la tasa de fotosíntesis, altera la absorción de nutrientes y acorta el ciclo de vida de las hojas. Es decir, que el jardín vertical de Ventas no va a ser ese pulmón verde que filtra el aire contaminado que nos prometen, sino que va a ser una víctima de ese aire. Las plantas no van a limpiar la M-30; va a ser la autopista la que ensucie las plantas, y cuando se degraden —cosa que sucederᗠhabrá que reponerlas. Con dinero público, naturalmente.

Prometen atraer insectos polinizadores y aves. Es difícil imaginar una propuesta más cruel disfrazada de virtud ecológica, porque la M-30 es una máquina de matar insectos. Miles de mariposas, abejas, sírfidos y escarabajos mueren cada día aplastados contra los parabrisas y los radiadores de los coches. Instalar un jardín vertical junto a esta vía y presentarlo como un refugio para polinizadores no es una medida de conservación: es una trampa ecológica, y en lugar de reconocer esta contradicción, se convierte en eslogan.

Otro criterio obligatorio incumplido es el de la calidad del aire del emplazamiento: los beneficios se producen cuando el jardín está en un entorno urbano normal, no cuando se sitúa junto a la fuente principal de emisiones. El Ayuntamiento dice que las plantas “actuarán como un filtro activo de contaminantes, con capacidad para fijar partículas en suspensión y absorber compuestos como hidrocarburos y óxidos de nitrógeno”. Técnicamente no es mentira: las plantas hacen eso. Lo que se omite es la escala. Dos mil ochocientos metros cuadrados de superficie vegetal frente a una autopista por la que pasan hasta 300.000 vehículos al día es una proporción ridícula. Es como pretender secar una piscina olímpica con una bayeta.

También se pretende que el mantenimiento del jardín no interfiera con el tráfico, por lo que “los trabajos se desarrollarán en horario nocturno para minimizar su impacto en la circulación”, y estas labores de reposición de plantas muertas o deterioradas, de sustitución de sustratos y de reparación de tuberías requerirán cortes de carril, grúas y operarios trabajando junto a la autopista. Es un mantenimiento necesario, caro, técnicamente complejo y, sobre todo, constante, que quizá se haga durante el primer año, cuando los focos de la inauguración aún iluminen el proyecto, pero lo importante es garantizar que se seguirá haciendo dentro de cinco, de diez años, cuando el jardín ya no sea noticia y el presupuesto de mantenimiento compita con otras partidas más urgentes. Porque los jardines verticales no se mantienen solos. ¿Qué significa esto en la práctica? Que el jardín no es una obra que se inaugura, se fotografía y se olvida. Es una maquinaria que necesita repuestos periódicos, que funciona con electricidad, que produce residuos y depende de una cadena de suministro que incluye sustratos industriales, fertilizantes líquidos y componentes electrónicos. Nada de esto aparece en las notas de prensa.

Las tendencias actuales sugieren que estos jardines deben incorporar materiales reciclados y reciclables en su estructura, reutilizar el agua de riego sobrante y aprovechar fuentes renovables para su funcionamiento. Nada de esto se menciona en la comunicación. No se dice si la electricidad será renovable. No se especifica si los módulos son de plástico reciclado. Si ampliamos el foco, vemos que la provisión de agua, luz y nutrientes se tiene que proporcionar desde el exterior, lo que también es inconsistente con un enfoque sostenible.

Es la lógica del capitalismo verde aplicada a la jardinería: en lugar de soluciones de bajo impacto y alta resiliencia, se implanta tecnología punta que requiere suministro constante de energía, agua tratada y mantenimiento especializado. El jardín como capricho tecnológico.

Podríamos continuar analizando otros aspectos del proyecto como el balance de carbono o la comparación con la jardinería tradicional en suelo, pero llegados a este punto, la pregunta que nos hacemos no es si un muro verde es preferible a un muro gris, que probablemente lo sea. La pregunta es si 6,2 millones de euros es la mejor inversión posible para la adaptación al cambio climático en los distritos de Salamanca y Ciudad Lineal. ¿Cuántos árboles adultos se podrían plantar con ese dinero? ¿Cuántas calles podrían renaturalizarse con suelo permeable? ¿Cuántas plazas duras convertirse en parques?

El verdadero ecologismo urbano no consiste en poner plantas donde pasan coches, sino en quitar coches para que puedan crecer las plantas. Y para que las personas podamos respirar.


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