La violencia machista.

ROBERTO BLANCO TOMÁS

El 25 de noviembre se “celebra” el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres. Pongo el verbo entre comillas porque, vistas las cifras de muertes relacionadas con este asunto, realmente hay poco que celebrar; y también porque el hecho de que tengamos que dedicar un día a ello significa que, hoy por hoy, no solo no hemos conseguido acabar con la lacra de la violencia machista, sino que además todo apunta a que aún queda bastante para conseguirlo.



Como no soy amigo de demagogias, y mucho menos en temas como éste, reconoceré de inmediato que, por supuesto, nuestra sociedad ha avanzado con respecto a hace cuarenta años, cuando las mujeres eran “menores de edad eternas” bajo la tutela legal de padres o maridos, y la violencia machista, si no superaba “cierto límite”, podía llegar a verse en determinados ambientes —los más “tradicionales”— con relativa tolerancia. Hoy, como digo, esto no es así: creo que se puede decir que existe un “consenso social” sobre esta cuestión, y a nadie en su sano juicio se le ocurriría intentar relativizarla en público o buscar atenuantes para los agresores. Y si a alguien se le ocurriera, recibiría inmediatamente el rechazo en bloque de toda la sociedad.

Pero no es suficiente: según datos del movimiento feminista, “desde el año 1995, 1.378 mujeres han sido asesinadas por el terrorismo machista. En lo que llevamos de año se han contabilizado 70 feminicidios y otros asesinatos de mujeres cometidos por hombres: solo en el verano de 2015 han sido asesinadas 37 mujeres y 8 menores a manos de sus parejas, padres o parejas de sus madres”. Esto es algo intolerable —aunque solo existiera una víctima, ya lo sería—, y evidencia que aún hay mucho trabajo por hacer.

Evidentemente, no tengo la solución. Y seguro que hay muchas personas, que trabajan el tema de cerca, que pueden apuntar más claves que el que suscribe, un mero “opinante”. Solo puedo dejar testimonio de la indignación que siento cada vez que tengo noticia de un nuevo caso y aportar mi modesta opinión al respecto. Y en este sentido, me parecen fundamentales la educación y el apoyo mutuo.

Educación para que las nuevas generaciones tengan muy claro, desde las edades más tempranas, que nadie es propiedad de nadie, que en el amor no hay sitio para la violencia —ni física ni verbal—, que nadie tiene derecho a arruinar la vida a otra persona y que “virilidad” no es sinónimo de “agresividad”. Y que tengan elementos para detectar la violencia machista mucho antes de que la agresión verbal o física haga su aparición. Esto es, que los celos no son románticos, sino enfermizos; y que hay que apartar de nuestras vidas a cualquier persona que pretenda decirnos cómo debemos vestir, con quién podemos hablar, quién puede ser amigo nuestro, etc.

Apoyo mutuo porque este problema no es solo de las víctimas, sino de todos. En este sentido, las posibles víctimas tienen que tener claro que sufrir una agresión machista no es algo que les deba avergonzar a ellas, sino a sus agresores. Y una de las claves para salir de este pozo es que lo sepa todo el mundo —la familia, los amigos, los vecinos, las autoridades—, para que puedan ayudarnos en todo lo que necesitemos y para que se pueda estrechar el cerco al agresor. Y por supuesto, denunciar.

Y en cuanto al resto, nos tiene que quedar claro que la cosa también va con nosotros. Que en cuanto tengamos noticia o indicios de que podemos estar ante un caso de violencia machista, es nuestra obligación ofrecer nuestra ayuda a la víctima y denunciarlo. No podemos mirar hacia otro lado y permitir que siga pasando: hay que acabar con esto ya.

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