• jueves , 12 diciembre 2019

La campaña interminable

ROBERTO BLANCO TOMÁS.

Dicen “los papeles” que el 10 de junio comienza la campaña electoral, pero coincidirán conmigo en que se trata de un mero formalismo, pues realmente la campaña electoral de las elecciones anteriores nunca terminó. Un efecto más del resultado de las mismas, que ha obligado a repetirlas.

Un efecto negativo, sin duda: tener todo el día a los distintos candidatos en la tele soltando sus discursos ya resulta francamente cansino. Eso sí, no todos los efectos son del mismo cariz, pues todo el tiempo que llevamos sin Gobierno (pese a haber uno “en funciones”) hemos vivido algo más tranquilos: al menos no tenemos un susto casi cada viernes en forma de nueva ley, medida o recorte para hacer nuestra vida un poco más difícil e incómoda. Algo es algo.

Pero hoy quería hablarles de otra cosa, pues ya saben que un servidor gusta de fijarse en las imperfecciones de esta forma nuestra de organizarnos, siempre con la esperanza de que algún día consigamos hacerlo al menos un poco mejor. Y antes de entrar en materia, permítanme que me detenga en un rasgo muy “de aquí”; me refiero a la tendencia de los españolitos a convertir sus gustos, preferencias u opciones en rasgos identitarios. Todos sabemos que un aficionado español al fútbol, como cualquier otro de cualquier otro lugar del mundo, elige un equipo y es de ese equipo hasta la muerte, juegue mejor o peor y gane más o menos campeonatos. Hasta aquí, ya digo, todo normal, pero el hecho diferencial viene cuando aplicamos esa “militancia de equipo de fútbol” a otros aspectos de nuestra vida, como por ejemplo al periódico que leemos (hay “lectores del ABC”, “lectores de El País”, etc., también hasta la muerte) o a la opción política a la que votamos. Esto es importante: muchos españoles seguirán votando a su opción haga lo que haga, y es un factor a tener muy en cuenta.

Así, en todos estos años de bipartidismo, las elecciones las decidía el relativamente pequeño porcentaje “flotante” de personas desengañadas por una u otra opción, que iba oscilando, además de lo que llamaríamos “las altas menos las bajas”, esto es, los nuevos votantes y los que dejan de hacerlo por defunción. Pero he aquí que, en un momento de crisis, aparecen nuevas opciones en lo que el votante medio percibe como “izquierda” y “derecha”. Y consecuentemente se reparte el voto de manera que ya a nadie le da para una mayoría absoluta. Y los desencantados de uno y otro lado del arco parlamentario ya no tienen así que dar un bandazo radical.

Pues bien, en esas estamos… Y aplicando el rasgo diferencial que antes apuntaba, lo previsible es que votando de nuevo medio año después los resultados sean muy similares. No hay más que ver los datos del último estudio del CIS: lo que pierde el PP lo gana Ciudadanos, y lo que pierde Podemos lo ganan “a pachas” PSOE e IU; pero a nadie le da para conseguir mayoría absoluta. Así, lo más probable es que el día después de las elecciones del 26J estemos en las mismas. Y vista la disposición a negociar que tienen todos, cuyo último indicador ha sido que ni siquiera se han puesto de acuerdo para abaratar la campaña (más de 130 millones de euros cuesta la broma, oigan), tenemos todas las papeletas para tirarnos otro seis meses muy parecidos a estos últimos.

Y yo me pregunto: si el resultado sale similar al anterior y siguen sin ponerse de acuerdo, ¿qué haremos? ¿Otras elecciones? ¿Entraremos “en bucle” y nos tiraremos de elecciones el resto de nuestras vidas? Vaya tela…

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