• sábado , 19 octubre 2019

El ser humano: un ser histórico que transforma el mundo

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El ser humano: un ser histórico que transforma el mundo

En el momento actual necesitamos dejar de inspirarnos en teorías fantasiosas acerca de Dios, la Naturaleza, la Sociedad o la Historia. Fijarnos claramente en las necesidades de la vida, que consisten en alejar el dolor y el sufrimiento y aproximar la felicidad. Pero la vida humana agrega a las necesidades su previsión a futuro basándose en la experiencia pasada y en la intención de mejorar la situación actual. Su experiencia no es simple producto de selecciones o acumulaciones naturales y fisiológicas, como sucede en todas las especies, sino que es experiencia social y experiencia personal lanzadas a superar el dolor actual y a evitarlo a futuro. Su trabajo, acumulado en producciones sociales, pasa y se transforma de generación en generación en lucha continua por mejorar las condiciones naturales, aun las del propio cuerpo. Por esto, al ser humano se lo debe definir como histórico y con un modo de acción social capaz de transformar al mundo y a su propia naturaleza. Y cada vez que un individuo o un grupo humano se impone violentamente a otros, logra detener la historia convirtiendo a sus víctimas en objetos “naturales”. La naturaleza no tiene intenciones, así es que, al negar la libertad y las intenciones de otros, se los convierte en objetos naturales, en objetos de uso.

El progreso de la humanidad, en lento ascenso, necesita transformar a la naturaleza y a la sociedad eliminando la violenta apropiación animal de unos seres humanos por otros. Cuando esto ocurra, se pasará de la Prehistoria a una plena Historia humana. Entre tanto, no se puede partir de otro valor central que el del ser humano pleno en sus realizaciones y en su libertad. Necesitamos partir del ser humano y de sus necesidades inmediatas. Y descubrir una intención que mueve la Historia en dirección progresiva, poniendo fe a ese descubrimiento al servicio del ser humano.

El problema de fondo es saber si se quiere vivir y decidir en qué condiciones hacerlo. Todas las formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica, merced a las cuales se ha trabado el progreso humano, deberían repugnarnos. Toda forma de discriminación, manifiesta o larvada, debería ser motivo de denuncia.

Así está trazada la línea divisoria entre los que quieren a la gente y los que no la quieren. Necesitamos poner por delante la cuestión del trabajo frente a los fastuosos beneficios del gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la democracia formal; la cuestión de la descentralización frente a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación frente a la discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.
Basarnos en la libertad de elección posee la única ética valedera del momento actual. Asimismo, creer en la intención y la libertad nos ayudará a distinguir entre el error y la mala fe, entre el equivocado y el traidor.

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