El Museo Lázaro Galdiano recupera la figura y obra de Isabel Matoses, pionera y maestra de toda una generación de fotógrafos
MUSEO LÁZARO GALDIANO, 20 de julio de 2026
Con la publicación de un libro y la inauguración de una exposición que reúne por primera vez en 40 años casi la totalidad de su obra
- Compuesta por más de 70 imágenes, la muestra es una oportunidad excepcional para descubrir a una de las figuras pioneras y más singulares de la fotografía experimental española de la Transición, con una obra innovadora que desde hace cuatro décadas permanecía dispersa, inédita o fuera de la circulación pública
- Reconocida crítica e institucionalmente en su tiempo, pero invisibilizada y ausente de los relatos históricos posteriores, apostaba por la fotografía como creación artística, intervenida por la mirada subjetiva, la manipulación técnica y la experimentación formal, reinterpretando poéticamente el mundo y explorando cuestiones como la memoria, el tiempo, la identidad y la percepción
- Con un lenguaje visual afín al Pop Art, el Op Art y ciertas estéticas psicodélicas que difuminan las fronteras entre fotografía, dibujo, grabado y pintura, el doble proyecto exposición y libro rescata historiográficamente a una artista con una mirada fundamental para replantear algunas cuestiones desde las que tradicionalmente se ha interpretado la fotografía en España y comprender la configuración de la cultura visual de la época
- Su dominio exhaustivo de los procesos fotográficos, el tratamiento de carácter casi artesanal y su personal forma de entender la fotografía la condujo también a compartir su conocimiento y crear uno de los pocos espacios de aprendizaje en el Madrid de los 70: el estudio-escuela Alamillo, del que surgió toda una cantera de fotógrafos y contribuyó a la renovación del lenguaje fotográfico en España
Desde el 8 de julio, hasta el 6 de septiembre, el Museo Lázaro Galdiano propicia la oportunidad excepcional de reunir por primera vez en más de cuarenta años y exponer la obra de Isabel Matoses (Madrid, 1930-1985), una las artistas pioneras de la fotografía experimental en España que ha permanecido en la invisibilidad y que, sin embargo, en los años 70 fue maestra de toda una generación de fotógrafos que abrieron nuevas rutas creativas. “Isabel Matoses. La imagen recuperada” permite completar una narrativa inconclusa y replantear algunas cuestiones desde las que tradicionalmente se ha interpretado la fotografía en España, rescatando historiográficamente su figura y una sugerente obra poseedora de una mirada personal y fundamental para comprender la configuración de la cultura visual de la época.
Acompañada de la publicación de un libro-catálogo y comisariada por Begoña Torres, la muestra es una ocasión irrepetible para contemplar casi la totalidad de una obra innovadora que permanecía dispersa, inédita o fuera de la circulación pública y que, a través de más de 70 imágenes, se podrá descubrir en Sala Pórtico, Galería y Arte Invitado del Museo. “La impresión que me produjeron al contemplarlas por primera vez fue similar a la de un hueco en la arena cuyo interior ha perdido toda referencia de límite, y que por ello genera una sensación de vértigo, de falta de apoyo. Su propuesta no se centra en el detalle ni en la precisión fotográfica, sino en la poderosa presencia de la obra, casi tangible, como si pudiéramos percibir su temperatura. Si se prolonga la mirada, esas imágenes comienzan a acompañarte de otro modo: crecen, parecen transformarse, adoptan nuevas formas y se expanden bajo la luz cambiante”, explica Torres, quien se sorprendió al descubrir entre ellas la reinterpretación solarizada de El Aquelarre, pieza estrella del Museo Lázaro Galdiano, así como Disparate Desordenado. Los Proverbios, que se conserva también en el Gabinete de estampas y dibujos.
Tanto si se quiere ver como “premonición, conexión o llamada”, como sugiere la comisaria, “Isabel Matoses. La imagen recuperada” redescubre a una de las figuras más singulares de la fotografía española de la Transición en un momento y en un ámbito en los que apenas existían referentes femeninos. Paradójicamente fue una fotógrafa reconocida en vida a nivel crítico e institucional, expuso en espacios relevantes, recibiendo encargos de prestigio y retratando a algunas de las figuras más destacadas del momento, pero su obra desapareció posteriormente del canon de la fotografía española. Su trabajo representa una concepción avanzada de la fotografía como obra única, intervenida y abierta a múltiples significados, con un carácter innovador que parte de su visión de este arte como creación artística -y no únicamente como medio de documentación de la realidad-. Además, una permanente voluntad de experimentación, desde la que vierte una mirada propia poco condicionada por los cánones académicos. Todo ello le permitió abrir nuevas vías de creación en su afán de otorgar a la fotografía el estatus que debía tener: “Defiendo un papel para este arte similar al que posee la pintura”, afirmó más tarde, en 1982, en Cinco Días.

El Aquelarre. Pinturas negras de Goya. 1972. 17 x 23 cm. Solarización
Artista y maestra de una cantera de fotógrafos
Licenciada en Derecho y Periodismo en Madrid, y formada en Roma en 1969, donde adquirió una amplia técnica que abarcaba desde la óptica fotográfica y técnicas de revelado hasta el retrato, el diseño gráfico, la moda, el reportaje o la fotografía industrial, su trabajo fue destacado por una mirada cercana al neorrealismo poético de los barrios romanos. Expuso por primera vez en 1971 en el Palazzo Lovatelli de Roma y en 1972 inauguró su primera exposición en la Galería Casa y Jardín de Madrid, cuya repercusión en los medios fue aclamada como “apasionante creación artística” (Informaciones, noviembre 1972), o sus trabajos en diferentes soportes (además de papel, planchas de aluminio y tela) “hallazgos de efectos sorpresivos en el misterio alquimista de su laboratorio” (Diario YA). En 1973 regresó a la capital española y estableció su estudio de carácter vanguardista en la Plaza del Alamillo, donde, en un momento en el que no existía ninguna escuela de fotografía, creó la suya. “Entre las paredes altas mora el mundo y la genialidad de una artista”, se afirmaba en Sábado Gráfico (julio de 1973). Allí no enseñaba a hacer fotos, sino a pensarlas, originando una singular comunidad creativa del Madrid de aquellos años (Grupo Alamillo) y generando un espacio de referencia decisivo para la renovación del lenguaje fotográfico en España. En 1979 expuso en la Galería Sen con similar éxito. En el ámbito de la decoración, colaboró con la destacada diseñadora de muebles, telas y espacios Isabel García-Tapia, cuya obra contribuyó a renovar la estética de interiores de los años 80. El Grupo Alamillo, mientras tanto, consolidaba su presencia en el panorama artístico con diferentes exposiciones.
Siempre desde una actitud de búsqueda de creatividad, la misma que inculcó a sus alumnos, su interés principal no era describir el mundo, sino reinterpretarlo poéticamente, explorando cuestiones como la memoria, el tiempo, la identidad y la percepción. De ahí que sus fotografías puedan transmitir una sensación de movimiento, vibración e inestabilidad perceptiva que invita al espectador a participar activamente en ellas, como explica la comisaria de la muestra. Matoses entendía cada imagen como un relato abierto, una experiencia única que debe completar quien la observa.

Retrato de Isabel Matoses
La vida al descubierto: el proceso fotográfico como parte de la creación artística
Con un lenguaje visual que mantiene afinidades con el Pop Art, el Op Art y ciertas estéticas psicodélicas, esta muestra saca a la luz un trabajo caracterizado por un uso intensivo de los recursos del laboratorio y de esas “elaboraciones fotográficas” que en la España de los años 70 situaba a la fotografía en un territorio próximo a las artes visuales y a la experimentación.
El recorrido que se podrá realizar en el Museo Lázaro Galdiano transita por imágenes consideradas como un archivo visual para el estudio de la transición democrática (murales y grafitis) vinculadas al fotoperiodismo, y por géneros como el retrato, la fotografía de calle, el paisaje o el patrimonio artístico: rostros, arquitecturas, estatuas, vestigios de antiguas civilizaciones inmortalizados con su Reflex Contax con lentes Zeiss, Konica Autoreflex T4, Rollei SL66 y Sinar de placas para grandes formatos. En sus creaciones emplea técnicas que reflejan una búsqueda constante de nuevas formas de expresión, alejando la fotografía de su carácter descriptivo y dotándola de una dimensión más allá de lo formal, evocadora, onírica, como si quisiera sugerir la vida de quienes habitan esos lugares, el sentido de aquello que encarnan o acceder a un plano más profundo del motivo retratado.
La solarización o efecto Sabattier, efectos de bajorrelieve, sobreimpresión, las dobles y múltiples exposiciones, las tramas, procesos de virado, los desenfoques, los barridos, la separación de tonos, la posterización o la manipulación de negativos y copias convierten el proceso fotográfico en una parte esencial de la creación artística, con imágenes reencuadradas, invertidas, ampliadas y repensadas en la posproducción e incluso un positivado que se realizaba de forma artesanal. La forma, la línea, la textura, la tonalidad, el contraste, el grano visible, los contornos luminosos, las texturas gráficas, y una estética que difumina las fronteras entre fotografía, dibujo, grabado y pintura, tienen para ella tanta importancia como el propio contenido, del que es indisociable. Al mismo tiempo, su lenguaje subraya lo movido, lo desenfocado, a veces lo áspero, pero también lo íntimo, lo imperfecto, lo verdadero. “Como si fuera una niebla emocional, un velo entre la realidad y el recuerdo, un recurso para transmitir la memoria y el paso del tiempo”, asegura la comisaria.

Retratos De Camilo José Cela (superposición y trama, 1974) y Rafael Alberti (contraste y superposición, 1976)
Descubrir aquello que está latente
Destacan, así, los retratos de Jose Bergamín, Antonio Gala, Camilo José Cela, Pitita Ridruejo, María Dolores Pradera, José María Díez-Alegría, don Juan conde de Barcelona, Rafael Alberti, etc. (publicadas también en la revista Sábado Gráfico en 1974), a los que parece devolver la imagen casi parapsicológica de cada uno de ellos; las fotografías de Adolfo Suárez para la campaña electoral de los comicios de 1977 o ya como presidente; el reportaje en el Banco de España para fotografiar por primera vez el tesoro de su cámara acorazada; la representación de lugares como la playa de Montecarlo, Cudillero, Iglesia prerrománica de San Julián de los Prados (Oviedo), Santiago de Compostela, Plaza Mayor de Madrid, Canal de Venecia, Castillo de Sant’Angelo y calles de Roma…; el ángel caído de El Retiro, llevado al límite de la descomposición en líneas y formas casi irreales; o las fotografías de obras de Goya, “donde el claroscuro conserva, tras la hábil manipulación, todo el espíritu del autor aragonés”, que apuntaba la crítica en la revista Triunfo, en noviembre de 1972. Fotografías realizadas con una “singular maestría de artífice artesano” (YA, noviembre de 1972), capaz de perturbar al espectador gracias al uso del blanco y negro, justo en un momento en el que el color se imponía como símbolo de modernidad. “Todas mis obras son en blanco y negro… A mi entender, desde el punto de vista de la expresión artística, el color pierde todo su atractivo”, contaba en ABC (febrero de 1971), convencida de que en el claroscuro habitaba una fuerza mayor, una capacidad más profunda para expresar lo invisible y lo inconsciente. Acaso estas fotografías son “una reinvención de la realidad”, como expresa Begoña Torres.
Para Matoses la imagen era el resultado de un proceso creativo en el que intervenían la mirada de la autora, la manipulación técnica y la experimentación formal. “Asume que toda imagen es el resultado de una cadena de decisiones que incorporan de forma inevitable la subjetividad del autor y entiende la disciplina como un proceso mediado y construido, fruto de múltiples elecciones, recursos técnicos y diversas formas de intervención”, explica Torres.
En griego, foto (Phōs, φῶς) significa luz y grafía (Graphê, γραφή) dibujar, rayar, escribir. Fotografiar es dibujar con la luz y obtener una imagen no estable, es decir, latente, como aquello que existe pero permanece oculto. Quizá descubrir lo que está latente podría definir tanto la obra de Isabel Matoses desde 1969 hasta 1985, como su labor docente, que fue continuada dos años más allá de su temprana muerte por quienes fueron sus ayudantes. Isabel Matoses entendió la fotografía como algo más que una imagen, como una forma de revelar lo invisible y como la búsqueda de la belleza que esconde toda manifestación artística: “Esa es la meta final del buen fotógrafo”, aseguraba en Cinco Días (junio de 1982). Esta exposición y este libro son un homenaje a su obra y a esa forma de mirar, de crear y de dejar huella.

Vista de Casares (bajorrelieve, 1979) y Plaza Mayor de Madrid (bajorrelieve y solarización, 1978)
