• viernes , 23 febrero 2018

Carta abierta a Don Cristóbal Montoro

P. GARCÍA. Enero 2018.

Muy Ministro mío, y de mi mayor consideración y respeto.

Antes que nada permítame que le confiese mi más sincera admiración por la especialidad que usted domina, la Economía, para mí materia tan abstrusa como intrincada, tan intrincada como abstrusa, tan lo uno como lo otro, tan lo otro como lo uno, y viceversa.

La aprobé como asignatura en mis remotos tiempos de estudiante, pero copiando, con chuletas y otras reprobables maniobras, sin haber alcanzado de ella la más mínima comprensión o provecho. Yo, señor Ministro, entiendo los entrelazamientos cuánticos, los condensados Einstein-Bosen, los teoremas de Gödel y hasta la filosofía de Hegel, que tampoco es manca; pero me hablan de volatilidades de mercados, de apalancamientos y esas cosas, y no pillo ni media. De ahí la justa admiración que expreso a quien como usted, esas cosas no guardan el menor misterio.

He escuchado, distinguido caballero,  que aunque se diga que las cuentas españolas de cuyo control usted se ocupa van viento en popa, el país en realidad no va tan bien y que de momento Europa le está sacando las castañas del fuego. De ahí que usted se vea obligado a andar mirando hasta debajo de las piedras para sacar dinero; que su modo de obtenerlo es con impuestos de nueva creación que refuercen con sus ingresos los ingresos de los ya existentes;  y que por eso hasta ha tenido que inventarse unos referentes a las ventas de segunda mano, lo que le ha acarreado un plus de impopularidad, a mi entender a todas luces injusto.

A tal respecto se me ocurre, desde mi modestia y humildad, proponerle un tributo  nuevo, original, muy positivo, de altísima rentabilidad, que lejos de acarrearle críticas, sólo le proporcionará parabienes y alabanzas. Mi propuesta, mi respetado y estimado señor, es crear un impuesto sobre la expresión “sobre la mesa. Se trata de una locución que se emplea de forma abrumadora en la actualidad. Miembros de partidos políticos, parlamentarios, portavoces, tertulianos radiofónicos y televisivos, periodistas de la más diversa catadura, colocan sin parar el “sobre la mesa” en sus discursos, sus intervenciones, sus artículos. “Hemos puesto esa cuestión sobre la mesa”, “Eso hay que colocarlo sobre la mesa”, “No quieren ponerlo sobre la mesa”, “Ya es hora de que se ponga sobre la mesa”… y mil variantes de este tenor.

No hablan de “exponer”, “presentar”, “mostrar”, “someter”, “manifestar” las cuestiones concretas a que se refieren,  que significa lo mismo con menos palabras o sesquipedalias, y es más elegante y correcto. Además, estoy seguro de que cada vez que dicen “sobre la mesa” el nucleus acumbens o centro del placer de sus cerebros experimenta fuertes descargas de autocomplacencia.

Los impuestos sobre los placeres son los más justos desde una ética social. Imponga, pues,  la carga de un euro por cada vez que uno de sus colegas o uno de los míos diga lo de “sobre la mesa” y verá, como gracias a los mecanismos que la hipertecnología pone en manos de la Agencia Tributaria, sus ingresos diarios superan las decenas de millones.

Es posible, señor Ministro, que escamados, los afectados, para ahorrar, se repriman, abandonen lo “de la mesa” y empleen términos sinonímicos. Entonces deberá usted emplear una variante: el tributo sobre el uso impropio de los colectivos de doble género, cuando con el masculino basta: que paguen su euro quienes digan “los compañeros y las compañeras”, “los parlamentarios y las parlamentarias”, “los trabajadores y las trabajadoras”, “los españoles y las españolas” y demás. Lo “de la mesa” puede ser evitado por el político, el tertuliano, el periodista. Evitar lo de “los catalanes y las catalanas”, “los trabajadores y las trabajadoras”, “los empleados y las empleadas” es superior a sus fuerzas. Por más que lo intenten serán incapaces de lograrlo, como en diferentes casos ha sido comprobado.

Las arcas públicas, con esas medidas, rebosarán ingresos. Y la imposición de tales cargas, lejos de acarrearle críticas, seguro que le aportan una gran popularidad por una iniciativa que, más que recaudatoria, será pedagógica y educativa.

El que hable incorrectamente, que pague.

Como antiguamente se decía, es gracia que espero conseguir de S.E., cuya vida guarde Dios muchos años.

 

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