HISTORIAS DEL DISTRITO. La Veterinaria

Hubo un tiempo en el que la calle Bárbara de Braganza se denominó “costanilla de la Veterinaria”. Así lo vi con el León de San Marcos tras aquel recorrido fantástico de los caminos del agua.

Fue Carlos IV quien dispuso por Real Orden (07/09/1788) la creación de la llamada Real Colegio - Escuela Veterinaria. La creación estaba destinada principalmente a: “restablecer las antiguas y famosas crías de nuestros caballos, evitar los frecuentes daños que hacen las enfermedades epidémicas y endémicas en los ganados, y a veces por causa de ellos en los hombres, y para conseguir los beneficios que la veterinaria aporta a la agricultura, milicia, fábricas y comercio...”.

Se envió previamente a varias personas para formarse en la École Nationale Vétérinaire d’Alfort, cerca de París. Entre ellos los militares Segismundo Malats e Hipólito Estévez. A su vuelta redactaron las Ordenanzas (enero 1789), donde se solicitaba un “edificio basto, sin que su exterior esté adornado de los primores de la arquitectura”. El terreno elegido [cuatro hectáreas de superficie] para su construcción era la huerta anteriormente conocida como la Solana, que con el tiempo fue más conocida como de San Felipe Neri. Hoy la podríamos situar donde están el Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales (Pº de Recoletos 20-22).

El 10 de diciembre de 1792 Gutierre de Baca de Guzmán, alcalde de Casa y Corte, en nombre del rey entrega al primer director, Segismundo Malats, la posesión del edificio y sus pertenencias.

Según proyecto del arquitecto Francisco Sabatini se diseñó un edificio principal, que en la zona central contaba con una torre con reloj. A ambos lados se dispusieron dos de las cuatro alas con las que contaría el complejo.

En la primera, una sala de anatomía, un gran auditorio para 1.000 asistentes (que contaba con una mesa semicircular para demostraciones), un recinto de preparados, la biblioteca (cuyo fondo ahora reside en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid) y el despacho del director.

Página del Plan para una Escuela de Veterinaria relativa a la admisión de los alumnos.

En la segunda: farmacia, cocina, comedor una gran sala con hileras de camas (funcionaba como un internado).

La tercera, la herrería; y la cuarta, establos para animales enfermos, y justo enfrente de ella unos pasadizos para resguardar a los animales durante sus tratamientos.

La escuela contaba adicionalmente con un calabozo (para comportamientos disolutos), una huerta, un gran baño circular para el aseo de animales (rodeado por una gran cerca) y un jardín botánico.

Se encomendó al mariscal supernumerario de la Real Caballeriza Segismundo Malats y Codina (1756-1826) la dirección, y como segundo Hipólito Estévez. Como protectores de esta institución, al teniente general príncipe de Monforte, inspector general de Dragones, y al conde de la Cañada (posteriormente sustituido por Domingo Codina del Supremo Consejo de Castilla).

Escuela nacional de veterinaria de Madrid, litografía de mediados del siglo XIX (arriba). Busto de Hipólito Estévez (abajo.)

La idea inicial era aprovechar el conocimiento adquirido en Alfort. Además de Malats y Estévez, el cuerpo formativo contaba con siete profesores (Anatomía Exterior, Higiene y Economía Rural, Materia Médica Interna/Externa, Operaciones y Vendajes, Hospitales y Medicina Práctica, Farmacia y Botánica, Forja y Herrado).

Las pretensiones de esta nueva escuela eran ofrecer al país la opción de cuidar a todo tipo de animales hasta colmar las “quadras interinas” administrando todos los remedios disponibles, pagando los dueños únicamente paja y cebada. La previsión inicial era ofrecer 96 plazas para el alumnado.

El 18 de octubre de 1793 comienzan las clases, pero con menos plazas hasta que se terminaran todos los edificios. 14 de caballería, 16 de dragones, y 12 paisanos. El uniforme era de azul oscuro, con ribetes y botones dorados y la inscripción “Veterinaria”.  Y es que con el tiempo fue conocida esta escuela de veterinaria con régimen militar como “La Veterinaria”.

 

El lugar, en el mapa de Lezcano y Martín López (1846).

El acceso a los militares dependía de sus regimientos. El coronel debia entregar un informe detallado si existía buena conducta.

Se dispuso que los civiles para acceder a las enseñanzas debieran contar con 12-21 años, “buena disposición y robustez” (dado que el trabajo en herrería, fragua y disecciones así lo requería), fe de bautismo, buena conducta y limpieza de sangre.

Malats fue profesor de Anatomía, Clínica y Hospitales. A pesar de lo aprendido en París, no aplicó los nuevos métodos de enseñanza, en los que se fomentaba una formación del alumnado mayormente científica y empírica. Se dedicó a una criticada enseñanza basada en una memorización de sus manuales y otros textos.

Portada de uno de los libros más importantes de Segismundo Malats sobre veterinaria.


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