HISTORIAS DEL DISTRITO. Un sueño
MIGUEL ROMERO MEMBRIVES, 22 de enero de 2026
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“Una extraña curiosidad me empujaba a recorrer la ciudad calle por calle, balcón por balcón, plazuela por plazuela, buscando escenarios”. Luis García Berlanga 02/10/1997
Suelo recordar pocos sueños; la otra noche estaba inmerso en uno que fue curioso. Me hallaba en medio de la calle de Alcalá, al principio me costó identificarla porque no recuerdo a veces el nombre de algunas calles, pero al cabo de un rato observé que estaba en la acera de los impares, y enfrente estaba la bocacalle de Bocángel.
Allí vi una mujer adentrándose en ella, un hombre absorto mirando el escaparate de Calzados Saba, un hombre sentado a la puerta de una cafetería de la que no leía bien el rótulo y pasar delante un tropel de personas y varios niños correteando. Una mujer con un bolso o algo similar de enea se quedó mirándome...
Después me encontré en la plaza de Manuel Becerra, justo en el centro. Escuché agua cerca de mí y fascinado me quedé observando el obelisco de la Fuente Castellana, que probablemente conservaba el esplendor que tuvo en el pasado cuando fue erigida en su lugar originario. La gran base de granito gris con dos tramos, el más pequeño con los dos escudos, de la monarquía y el de Madrid, y sobre esa imponente base un cono estriado decorado con las coronas del sol, luna y laurel elaborado con mármol rojizo coronado por la estrella polar. La fuente estaba flanqueada por las dos esfinges de bronce…

'Vi un caballo y un carro...'
Decidí explorar lo que había alrededor en aquella isla ya desaparecida, una especie de elipse que en cada esquina contaba con arbolado y césped. Me topé de primeras a mi derecha con el Universal Cinema... Después recorrí la acera hasta llegar a la esquina con la calle de Alcalá, donde vi un caballo y un carro donde se hallaba un hombre hablando con una mujer al lado de un puesto de helados. Y un poco más abajo hacia Ventas vi que en vez de estar los bomberos estaban entrando algunos tranvías en la estación de la Compañía del Este.
Fui lentamente bordeando la isleta y observé que la iglesia de Covadonga ya estaba casi reconstruida... De repente advertí la mirada atenta de un hombre joven vestido sobriamente con un cárdigan oscuro, camisa blanca y corbata. Tenía cierto aire de elegancia y las manos metidas en los bolsillos... Era de complexión delgada, estatura media, con el rostro alargado... Tenía bigote, y aquellos ojos grandes y vivaces mantenían una mirada serena y observadora. Me quedé perplejo, era el propio Berlanga.

Berlanga y Azcona
Estuvimos hablando (él más que yo, yo estaba fascinado) y caminando me contó algunos detalles, ideas que había tenido y cosas que estaba haciendo. De manera inmediata me encontré en la calle de Goya, delante del solar donde antaño estuvo la plaza de toros de Fuente del Berro, donde está el WiZink Center actualmente, y me señaló los planos que usó para hacer un cortometraje de la llegada a Madrid del Circo Americano.
Desde tiempos de la República aquello era un solar. Ofrecía un aspecto en nada mejorado por los tiempos de la posguerra: aquel inmenso espacio estaba en lo que entonces eran las afueras de la ciudad. Dada la precariedad con la que contaba el Instituto del Cine donde estaba estudiando, solo pudo hacer un corto sin sonido en 16 mm. Bastante contrariado me insistió en la necesidad de disponer de más medios para poder desarrollar sus ideas.
Pocos instantes después estábamos en el bulevar de Francisco Silvela. Al lado del actual Rodilla que en realidad era el Bar Ronda, me señaló sonriente unos rieles de tranvía que estaban allí en el suelo. Con tono irónico Luis me indicó que desde Maldonado hasta la plaza de Manuel Becerra existía ese tramo porque quisieron hacer una línea que cubriera esa distancia, pero que no fue utilizada realmente. Me pidió discreción, pero deseaba confiarme que con un tal Rafael había escrito un guión sobre una noticia que habían leído en prensa sobre un timo... Pero no me quiso dar gran detalle...
Mientras miraba con curiosidad al otro lado de donde estábamos (el Cine Victoria y unos hotelitos que ya no existen) me comentó que habían hablado con unos hermanos (Santiago y José Luis Moro) que tenían unos estudios interesantes, con Juan Estelrich (un ayudante de dirección) y algunos actores para rodar un corto que formaría parte de un ciclo que pensaban llamarlo Los pícaros.

'Se vende un tranvía', primera entrega de 'Los pícaros'
Afirmó que había fichado a uno de los caraduras más interesantes, a Antonio García Quijada, y algunos talentos jóvenes que consideraba interesantes. Se lo querían ofrecer a Televisión Española... Aunque me señaló que quizás la censura no les dejara hacerlo como querían porque había detalles que quizás no gustaran.
Con ironía me manifestó que algún día habría libertad y quería saber que sería de todas estas élites que “nos mandan y controlan”, estos politicastros “azules, verderones y amarillos”. Y terminó añadiendo: “Para decir la verdad sin que me detengan o censuren, sepa que debo hacerlo como hacía Valle Inclán, o en sus artículos Larra. Debo hacer que la gente se ría de esperpentos”.
No sé cómo terminamos en una mesa de una taberna que no sé identificar, y Luis me invita a un vino y me comenta que le encantan Pasieguito y Quincoces pero ve difícil ganar la liga. Poco después me comentó que se casó en la parroquia donde nos habíamos encontrado, en Covadonga: “Conocí a María Jesús (Manrique), mi mujer, en la calle Serrano”. En realidad, ya se había fijado en ella unos días antes, durante un partido de rugby en la Ciudad Universitaria, donde solía ir los domingos por la mañana con su amigo Pepe (José Rodríguez) con la excusa de ver si ligaban.
Riéndose me comentó una anécdota de su boda: “Yo pedí al párroco la boda más pobre, y como delante de nosotros se había celebrado una boda de esas de campanillas, según entrábamos nos iban retirando la alfombra, quitando los adornos, dejó de tocar la música…”

Boda de Luis García Berlanga y María Jesús Manrique en Madrid.
De repente se quedó quieto. Se habia acomodado en el asiento y pude ver que le encantaba pasar a veces la mano por encima del mármol de la mesa, pero se le ocurrió tocar la parte inferior del mismo y empezó a reírse a carcajadas. Atónito me levanté del asiento y me agaché para ver qué pasaba, y encontré que aquella pieza de mármol había sido reutilizada, y que previamente había sido una lápida de un cementerio. Parte de un epitafio malamente cincelado para que desaparciera, indicaba el cariño que profesaba el viudo e hijos a la difunta esposa. “Aquí cerca tiene Antonio Toledano un negocio de objetos de mármol: mesas, veladores... Gran parte del material lo consigue más económico con viejas lápidas en desuso, y al pasarlas por el taller se le descuidan y pasan estas cosas... Brindemos aquí nuevamente con este vino, porque el estado de felicidad no es constante; solo existen atisbos, instantes...”
Y poco después, una nebulosa invadió el espacio y desapareció todo hasta que desperté.
