• miércoles , 20 junio 2018

Arruinar la vejez

ROBERTO BLANCO TOMÁS. Marzo 2018.

Este mes el artículo me sale de las tripas, así que me van a perdonar si en algún párrafo me pongo algo vehemente. En mi opinión, una de las pruebas más claras de que vivimos en un sistema injusto es la situación en que se está poniendo a nuestros mayores con sus pensiones. Eso sí, ellos están aguantando el tipo de forma admirable, dándonos al resto una lección de dignidad y lucha. Bravo por ellos.

Y es que tiene narices: nace en una dictadura siniestra que aún no ha superado una dura posguerra, con hogares en los que no sobra nada y faltan muchas cosas. Crece en una escuela de “la-letra-con-sangre-entra” y deja de estudiar antes de lo que quisieras porque hay que currar para que la familia salga adelante. Trabaja como una bestia y no te quejes demasiado, ya que para el régimen los trabajadores que protestan son “peligrosos agitadores” a reprimir con dureza. Cuando estás formando una familia y tirando p’alante, vive una transición política mucho más agitada de lo que cuenta la historia oficial, con cargas policiales, pistoleros y otros matones de la ultraderecha, bastantes muertos… y también ilusiones, aunque luego la mayoría serían frustradas por los que manejan “el cotarro”, hábiles en el arte de que todo cambie para que en el fondo siga igual. Asiste al show de los años ochenta y noventa, con los “ajustes duros” laborales, las reconversiones industriales, los despidos masivos y el incremento galopante de las cifras del paro. Y desde entonces hasta ahora, viendo cómo reforma laboral tras reforma laboral los derechos de los trabajadores van menguando y menguando, mientras los informativos nos presentan caso tras caso de corrupción, así que encima recochineo.

Pues bien, esa generación admirable, que ha trabajado y ha luchado toda su vida, ahora que se ha jubilado está cada vez más cerca de la miseria. No voy a señalar a un partido político concreto, pues las pensiones han sido moneda de cambio en manos de todos los Gobiernos hasta la fecha, pero la situación se ha agravado con la última reforma del Pacto de Toledo, en 2013, cuando se implantó la norma de revalorización anual que rige en la actualidad y que es la responsable de que los yayos lleven cuatro años con la mínima subida legal: un 0,25%. Muy por debajo del IPC, que en diciembre se situaba en el 1,2% y cuya media a lo largo del 2017 fue cercana al 2%.

Si tenemos en cuenta que la mayoría de las pensiones de jubilación están entre 500 y 1.000 euros, comprenderemos que la vejez se convierte año a año en algo cada vez más insostenible. Y hay que añadir que a muchos pensionistas, después de haber pasado lo que hemos visto, la vida les ha vuelto a poner a prueba en la última crisis, convirtiéndose en ocasiones en único sostén económico estable de un hogar en el que el resto de su descendencia se ha visto en el paro. Pero una vez más han aguantado el chaparrón a pie firme, y no pocos siguen haciéndolo aún hoy (que la crisis no se ha ido, por muchas historias que quieran contarnos).

Y como decía al principio, ante esta situación, nuestros mayores no han agachado la cabeza: han salido a la calle de forma masiva, a pelear por lo que es suyo. Porque, como dice el viejo refrán castellano, “quien no llora, no mama”, y ellos saben por experiencia que el poder no regala nunca nada: hay que arrancárselo luchando. Esto es algo que parecía muy claro en el momento álgido del 15M, pero en los últimos años las calles se habían ido vaciando en detrimento de la acción mediada (“políticos-nuevos-que-arreglen-las-cosas-en-mi-nombre”). Hartos de que les engañen unos y otros, los yayos han vuelto a la calle. Tomemos ejemplo.

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