• viernes , 23 agosto 2019

Un consumo responsable

ROBERTO BLANCO TOMÁS. Enero 2017.

Afronto estas líneas con la sospecha de que no pocos lectores, al leer el título del presente artículo, habrán pensado algo así como: “Bueno, ya tenemos aquí el típico texto aguafiestas tradicional de estas fechas”. Así que, de entrada, quiero dejar claro que no es ésa mi intención. A todos nos gusta celebrar cosas, muchos encontramos deleite en el buen comer y beber, a ninguno nos amarga un dulce, y nos agrada darnos un capricho de vez en cuando. Todo eso es humano, sin abusar resulta sano, y encantados de la vida, oigan.

Pero también es cierto que las fechas que acaban de pasar dan para reflexionar bastante sobre nuestros hábitos de consumo, y plantearnos si realmente lo estamos haciendo bien o si podríamos hacerlo mejor. Si además comienza justo ahora esa época de locura transitoria denominada “rebajas”, pues con mayor motivo. La felicidad no tiene por qué ir ligada al gasto desenfrenado, y si además podemos poner nuestro granito de arena en mejorar el entorno, mejor que mejor. ¿Me siguen?

Para empezar, podemos valorar cómo ha sido nuestro consumo en Navidades. Pensemos si hemos adquirido lo que realmente necesitábamos o si nos hemos dejado llevar por la publicidad comprando cosas que no nos hacían ninguna falta. Es muy probable que las compras navideñas, en lo relativo a alimentación, hayan sido bastante abultadas… ¿Nos lo hemos comido y bebido todo o una buena parte ha terminado en la basura? Si ha sido así, no somos un caso aislado: en nuestro país se tira un montón de comida. Pero no estaría de más que la próxima vez calculemos mejor: nuestro bolsillo y nuestra conciencia nos lo agradecerán.

Observen que no uso el “truco manido” de apelar al hambre en el mundo, solo lo hago a cosas relacionadas con nosotros mismos. Pero hablemos ahora del mundo que nos rodea… Como saben, el modelo económico actual está basado en el transporte, en mover grandes masas de mercancías de un lado a otro, lo que resulta de lo más dañino para el medio ambiente, y también para las economías locales. Por ello, observar la procedencia de lo que adquirimos es importante. Intentemos priorizar, en la medida de lo posible, los productos de nuestra zona. Hagámoslo también, por ejemplo, con las frutas, verduras y hortalizas de temporada (nuestro paladar se verá beneficiado: un tomate de invernadero no sabe a nada). Llevemos nuestra curiosidad hasta el punto de buscar información (internet lo facilita muchísimo) sobre las marcas que consumimos habitualmente, y cómo se efectúa su producción (si sus trabajadores tienen derechos, si se sirven de la explotación infantil, si utilizan materiales defectuosos o contaminantes). Nadie da duros a pesetas, y es muy probable que esos pantalones que venden tan baratos en algunas cadenas lo sean porque los ha fabricado un niño, o cualquier otro tipo de esclavo del siglo XXI. Recuerden que siempre hay opciones: es tarea nuestra marcar la diferencia. Y algo que no nos cansamos de repetir: hagamos las compras, también en la medida de lo posible, en los comercios del barrio. Allí encontraremos calidad, atención personal, consejos útiles y relaciones con nuestros vecinos (algo harto improbable en las grandes superficies). Comprando en ellos también hacemos barrio, favoreciendo la economía de nuestro entorno más cercano.

Y en definitiva, ahora que llegan las rebajas, no está de más recordarlo: las grandes superficies, los hipermercados y las cadenas de todo tipo están diseñadas para que usted compre, compre y compre, casi sin pensarlo. Pero como consumidores podemos elegir, así que hagámoslo: que no elijan por nosotros.

 

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