• lunes , 14 octubre 2019

Pobreza energética

 

ROBERTO BLANCO TOMÁS.

Imagino que el concepto que da título a este artículo es hoy de sobra conocido, después de que, el pasado 14 de noviembre, una mujer de 81 años falleciera en un incendio provocado por una vela. Rosa, que así se llamaba la víctima, no podía pagar el alquiler de su piso de Reus, ni los suministros básicos como la electricidad. Un suceso terrible, que ha “destapado” para muchas personas una situación que viene afectando desde hace ya bastante tiempo a una parte nada desdeñable de la población, pues el de Rosa está muy lejos de ser un caso aislado. Parece mentira que cosas como ésta ocurran en nuestros días, pero así es.

Por si alguno de los lectores no conociera todavía la situación a la que me refiero, la Asociación de Ciencias Ambientales define la pobreza energética como “la incapacidad de un hogar de satisfacer una cantidad mínima de servicios de la energía para sus necesidades básicas, como mantener la vivienda en unas condiciones de climatización adecuadas para la salud (18 a 21ºC en invierno y 25ºC en verano, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud)”. Aunque sus causas son diversas, existen tres factores fundamentales: bajos ingresos del hogar, calidad insuficiente de la vivienda y precios elevados de la energía. Siguiendo a la misma fuente, las consecuencias de dicha situación en el bienestar son también variadas: “temperaturas de la vivienda inadecuadas, incidencias sobre la salud física y mental (incluyendo mortalidad prematura de ancianos), riesgo de endeudamiento y desconexión del suministro, degradación de los edificios, despilfarro de energía, emisiones, etc.”.

Por supuesto, no se trata de un fenómeno exclusivo de nuestro país, pues la pobreza energética es una realidad que afecta a todos los miembros de la Unión Europea. Aunque, claro, existen diferencias entre unos y otros. Para hacernos una idea global, la Encuesta Europea de Ingresos y Condiciones de Vida de Eurostat, en 2012, establecía que 54 millones de ciudadanos de la UE (más del 10% de su población) viven en hogares que se declaran incapaces de mantener su vivienda a una temperatura adecuada durante el invierno. En cuanto a nuestro país, según el III Estudio Pobreza Energética en España, realizado por ACA con datos de 2014, son un 11% los hogares en esta situación (5’1 millones de personas), lo que supone un incremento del 22% en dos años (cuando se realizaba el estudio anterior).

Coincidirán conmigo en que, pese a que las cifras suelen resultar la representación “fría” de un fenómeno, en casos como éste resultan bastante evocadoras para hacernos una idea de la magnitud del problema y lo terrible del mismo. Pongámoslo en palabras: el estudio citado dice que en España, más de cinco millones de personas están en situación de pobreza energética, incapaces de afrontar el gasto de electricidad y agua en sus viviendas. Con todo lo que pueden imaginar que supone verse privado de recursos tan básicos.

Todo esto estaba ahí bastante antes de la trágica muerte de Rosa, y sigue ahí. Se podrá hablar mucho de lo que las distintas Administraciones estarán haciendo para paliar esta grave situación, pero dicho suceso demuestra que es totalmente insuficiente. Y esto hay que solucionarlo ya.

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