• sábado , 19 octubre 2019

¿Lo blanco es negro, azul o amarillo?

EDITORIAL.

Hay bastante gente que choca desde hace mucho tiempo con las diversas interpretaciones de la llamada “cultura nacional”. Porque es evidente que la cultura no consiste en un ropaje, en un folclore ni en una lucha estéril y superficial contra tal ropaje y tal folclore.

Si es que tiene que nacer una identidad que incluya a todos, solo se logrará pensando y haciendo desde dentro de un país y de un continente, con la intención puesta en devolver al mundo los aportes positivos que ese mundo ha dado y en no devolver todas las maldades que ese mundo también ha generado. Por otra parte, en el proceso de mundialización que estamos viviendo, no tiene sentido ningún chauvinismo nacional ni regional. En cambio, tiene que ver con el progreso de nuestras sociedades desarticuladas que éstas vertebren su producción y su cultura para integrarse a un proceso mayor en marcha.

Sería necesario hablar de identidad nacional o regional desde esa óptica, y no desde el chauvinismo retrógrado o desde la dependencia neocolonial a la que las sociedades desarticuladas están expuestas en el momento actual. Porque se enfrentará al mundo que viene creando una identidad productiva basada en la industria y la tecnología, y, en ese contexto, la cultura habrá de contribuir al esclarecimiento de esos objetivos de progreso material.

Así es que pensar a nuestras sociedades “desde dentro”, significará básicamente pensar en desarrollarlas en base a la creación de centros productores de energía, industria y tecnología.

¿Cómo definiremos entonces la cultura que queremos, no para el mundo, por cierto, sino para este país, para este continente y para esta etapa inmediata? La definiremos como una orientadora ideología lanzada en todos los campos del quehacer intelectual hacia el logro de la producción material de bienestar. Mientras eso no ocurra, la cultura continuará manipulada por incompetentes sirviendo solo como instrumento desviatorio de los cambios profundos que hoy requieren nuestros pueblos.

Entre tanto, todos los que quieren ese cambio son silenciados, y marginados no solamente en el campo político, sino en el campo de la producción material, ideológica y artística.

Para terminar estas consideraciones en torno al enmarque cultural, digamos esto: si en una sociedad se instala como uso la falsedad de juicio y se institucionaliza tal falsedad, es porque algo grave está ocurriendo allí, y no sería de extrañar que todo fuera saliendo cada vez peor en esa torre de Babel en la que las personas ya no se entienden porque se afirma que lo blanco es negro, lo negro azul y lo azul es amarillo.

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