• martes , 12 noviembre 2019

Humor

Encuestas y cocina

Todo el mundo habla de encuestas cocinadas. Sin embargo, nadie, que sepamos, ha entrevistado al responsable de cocinarlas. Para cubrir tan importante hueco informativo nos trasladamos hasta el local donde se guisan tales opiniones políticamente alimenticias.

Nos recibe su responsable máximo, don Claudio de la Sartén.

— ¿Es usted el cocinero mayor de las encuestas nacionales? —empezamos preguntando.

— Digamos que simplemente el de este local —responde amablemente—. Y algo más que cocinero. Soy el chef.

— ¿Es que hay más lugares donde se cocinen encuestas, con sus chefs correspondientes?

— Naturalmente. La nuestra es una sociedad de libre mercado. Existen distintas empresas, con sus chefs al frente, dedicadas al mismo fin. No obstante, sepa que ésta en la que usted se encuentra es la más acreditada.

— Si no es indiscreción, ¿puede decirme por qué?

— Porque aquí donde me ve, tengo dos estrellas Michelin que reconocen la calidad del cocinado de las encuestas que salen de mis fogones. Mis otros colegas, algún programilla de cocina en la tele, alguna comparecencia en los jurados de concursos de masterchefs de la política, pero de estrellas Michelin, ni una.

— ¿Es muy importante cocinar las encuestas?

— Más que importante, absolutamente necesario. No se pueden servir los datos que traen de la plaza los encuestadores en crudo. Los españoles no tienen los estómagos preparados, les provocarían indigestiones, y quién sabe si algo más grave, con encuestas sin el debido tratamiento culinario.

— ¿Qué aprecia usted como lo mejor en las encuestas que ha de cocinar?

— Que sean bajas en grasas saturadas de populismos, y ricas en la fibra y el omega 3 de la moderación.

— ¿Qué  hace con las encuestas cuando sus empleados las traen del campo a la cocina, señor De la Sartén?

— Lo primero, ver si hay que descongelar. Y después, según contenidos, decidir si quedarán mejor hervidas que fritas, sometidas al baño maría o pasadas por el microondas. Luego, si son buenas para hornear, para gratinar o para pasarlas por la parrilla.

— ¿Y después?

— Luego ya viene la creatividad del chef. Hay encuestas que necesitan ser salpimentadas, y encuestas que solo con un poco de aceite y vinagre pasan. Hay encuestas que hay que servir con kétchup o mostaza, y otras que piden a gritos salsa Perrins o salsas bravas. Se sirven en platos artísticamente adornados con un paragüitas o una bengala encendida, y el éxito es seguro.

— El cliente, ¿influye en el cocinado de las encuestas?

— Naturalmente. El cliente es el que manda. Al margen de la presentación, es fundamental saber si quien va a embaularse la encuesta la prefiere poco hecha, muy cocinada o hasta algo pasada.

Al llegar a este punto, mete un cucharón en el puchero donde está cociendo la última encuesta llegada a su cocina y nos la da a probar. Reconocemos que le está saliendo riquísima. Después, aunque nos gustaría hacerle muchas más preguntas, comprendemos que debe entregarse de lleno a su trabajo, que demasiado tiempo nos ha dedicado ya. Le damos las gracias por su amabilidad y le decimos adiós.

Cuando estamos saliendo tropezamos con Alberto Chicote, que llega en ese momento. Le decimos que en la cocina de las encuestas todo está muy limpio y los informes son de primera calidad, por lo que no hay materia para un programa suyo, de pesadilla en la cocina de las encuestas. Así que nos vamos juntos a tomar un aperitivo. Sin alcohol las bebidas, y sin colesterol las tapas.

Pgarcía

 

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