• lunes , 17 diciembre 2018

Humor

Noviembre 2018.

Iofagia

Un nuevo hábito alimentario se está instalando en la sociedad española: la iofagia. Si se llama antropofagia (de antropos, hombre, y fagia, comer) al hábito de comer carne humana, la iofagia (de i, la tercera de nuestras vocales) es el hábito de zamparse la i cuando se habla. Y la degluten a modo cantidad de nuestros paisanos a la hora de referirse a ciertos adjetivos numerales. Dicen vente y no veinte, trenta y no treinta, ventitrés por veintitrés, trenta y dos por treinta y dos; y así.

La primera vez que lo advertí pensé que se trataba de un vulgarismo, es decir, uso del término por personas de poca instrucción. Pero no era tal. Vente y trenta lo soltaba  cierta presentadora de telediario cuyo nombre no divulgo por la más elemental de las delicadezas; luego se lo escuché al locutor de un encuentro de tenis que canturreaba: “Nada a trenta… Cuarenta a trenta…”. Ahora ya no son dos casos aislados. Ahora vente y trenta lo sueltan políticos señeros, comunicadores preclaros, artistas y pedagogos. Se comen la i. Son iófagos.

Me pregunto: ¿iófagos por torpeza verbal o necesidad de alimentación? Por torpeza no debe de ser; son personas que muestran títulos universitarios y másteres acompañándolos, garantía oficial de los conocimientos que atesoran. Por necesidad de alimentación, menos todavía. Cuando se tiene hambre extrema se come cualquier cosa, desechos, hierbas, hasta la suela de los zapatos, como hacía Charlot en La quimera del oro, pero nunca palabras, nunca letras. Además, políticos, periodistas radiofónicos y televisivos suelen percibir por sus trabajos sueldos bastante superiores al salario mínimo; y ofrecen el aspecto de estar bien alimentados.

Entonces, ¿cuál es la razón de su iofagia? Para mí, la moda. La moda es algo propio de la especie humana. Se entiende por moda un uso general durante una época determinada. La moda imprime carácter, es decir, permite distinguirse. Y los iófagos, los que dicen vente o trenta, ventiocho o trenta y seis, llaman la atención, se hacen notar, logran que nos fijemos en ellos. Los que se refieren a lo que pueda ocurrir dentro de dos años, o sea, en el dos mil vente, no son unos ignorantes sino unos esnobs muy a la moda.

Lo malo de la iofagia es su extensión al prêt-a-porter, que significa el acceso de grandes sectores del público a lo que antes eran modelos exclusivos solo al alcance de las clases privilegiadas. Siguiendo el ejemplo de políticos y locutores, hasta el último mono ya se come las íes en esos numerales diciendo vente y trenta, ventisiete o trenta y nueve no solo sin rubor, sino hasta presumiendo de ello.

A nivel personal, a mi avanzada edad me plantea un serio problema. Don Gregorio Marañón (ese señor del que los jóvenes de la generación del teléfono móvil solo saben que es el nombre de un hospital de Madrid) fue un preclaro definidor de derechos y deberes, sobre todo de deberes. Estableció que hay una relación directa entre etapas biológicas del ser humano y los deberes que corresponden a cada una de ellas. El deber primordial de la infancia es la obediencia, el de la juventud la rebeldía, el de la madurez la austeridad, y el de la ancianidad la adaptación.

O sea, que según la fecha de nacimiento que figura en mi DNI mi deber es el de adaptarme. Debo adaptarme a la iofagia. Debo comerme las íes. Debo decir que nací en el siglo vente, que llevo dos veces trenta años dedicados al humor culto, que este trabajo lo estoy escribiendo un día ventiocho.

Lo haré. Me dolerá, lo juro. Pero el deber es el deber, y a ciertas edades uno ya no puede ser rebelde: lo único que le queda es adaptarse.

PGARCÍA

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