• domingo , 21 julio 2019

Gerardo Diego, prologuista de un exiliado

CARLOS RODRÍGUEZ EGUÍA. Febrero 2019.

De los poetas de la generación del 27 exiliados en 1939, Juan José Domenchina (1898-1959), secretario del gabinete diplomático de Manuel Azaña, es poco conocido. Escribe desde su exilio en México, donde muere, una poesía existencial y dolorida por la ausencia de España, a la no puede volver por impedimento del Gobierno. De este etapa son sus mejores versos: Destierro (1942), Pasión de sombras (1944), Tres elegías jubilares  (1946) y El extrañado (1958).

En la colección Adonáis se publica El extrañado y otros poemas (1969), prologado por Gerardo Diego, catedrático de Lengua y Literatura en el Instituto Beatriz Galindo de la calle Goya. Coincide con otros estudiosos de la obra de Domenchina en que los sonetos de El extrañado son lo mejor de su poesía, pues acierta con la forma armoniosa de este tipo de estrofa, utilizando una buena técnica y consiguiendo comunicar el dolor que siente por su exilio. Utiliza un léxico sobrio, muy distinto del rebuscado vocabulario de su anterior etapa. Gerardo Diego cree que Domenchina tiene su  antecedente en el Quevedo barroco, concluyendo que El extrañado es la más depurada poesía lírica de Domenchina. Le conmueven los sonetos dedicados a Miguel de Unamuno y a Juan Ramón Jiménez.  

En las Elegías jubilares, el poeta exterioriza su tragedia a cuantos hayan padecido prisión, ostracismo, exilio o confinamiento. Lo hace hablando consigo mismo, en descarnadas coplas sin rima. En Tercera elegía utiliza tercetos encadenados. Sustituye la copla de arte menor por endecasílabos con remate pentasílabo: “Y en tus ojos —perpetuas claridades— / se te desmienten todas las verdades / que te engañaron”.

En El extrañado y otros poemas se incluyen, además de sonetos y elegías, Tres romances, que enlazan con la poesía netamente castellana, puesto que el romance es una de las formas clásicas del poema español. Sus romances no siguen la tradición de las coplas de cuatro versos y forman una serie sin atenerse a la medida del octosílabo. Su romance Mal de Castilla termina con estos versos: “Mi soledad de Castilla, / mal de ausencia inconllevable, / querencia árida, barbechos, / polvo, sed, llanura y hambre; / mi soledad de Castilla / no tiene con qué ablandarme / la sequedad de este barro / que cruje al resquebrajarme”.

Un ciprés de Castilla quiso plantar Ernestina de Champourcin junto a la tumba de su marido Domenchina en México. Ciprés de la tierra a la que tanto y tan bien cantara él, como en el soneto Castilla, sol a solas de El extrañado, que comienza con este cuarteto: “Castilla, sol a solas. Tierra andante / y cielo inmóvil. Dicen que es demencia / esta cordura sorda —la paciencia / sofocada y el paso— del viandante”.

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