• lunes , 17 junio 2019

El principio de negación de los opuestos

EDITORIAL. Septiembre 2018. 

“No importa en qué bando te hayan puesto los acontecimientos; lo que importa es que comprendas que tú no has elegido ningún bando”.

No se trata de abandonar todo bando. Se trata de considerar la posición en que uno se encuentra, como resultado de factores ajenos a la propia elección; educacionales, de ambiente, etcétera.

Tal actitud hace retroceder el fanatismo, al tiempo que permite comprender los bandos y las posiciones que asumen otras personas. Evidentemente, esta forma de considerar el problema de los bandos contribuye a la libertad de la mente y tiende un puente fraterno hacia las demás personas, aun cuando éstas no coincidan con mis ideas, o aparentemente se opongan a mis ideas.

Este principio, al tiempo que reconoce la falta de libertad en las situaciones que uno no ha construido, afirma la libertad de negar las oposiciones si son parte de las mismas situaciones.

En otras palabras: yo no he decidido ser alto o bajo, gordo o delgado, y si esa condición está acompañada de oposiciones a otros que tampoco eligieron su bando, tengo libertad para negar esa oposición. Yo no inventé a los altos, a los bajos, a los gordos o a los delgados, por tanto niego toda oposición responsable.

Por otro lado, los bandos antagónicos planteados en términos mutuamente excluyentes son parte de un mismo comportamiento cuyo signo es la violencia (te discrimino, censuro, aíslo, etc., por ser de otro bando), que invalida toda postura y a todo proponente de tales posturas, ya que surgen de una conciencia con comprensión limitada, empañada por sus compulsiones. Además, la validez o invalidez de una postura no dependen simplemente de la verdad o falsedad de las argumentaciones, ya que la violencia interna es precursora de la violencia externa. Una postura formulada desde la violencia interna generada por la ilusión de los bandos abre las puertas a consecuencias negativas, tanto para quienes la formulan como para aquellos a quienes llega su influencia.

Pero tanto la violencia interna como la externa han sido naturalizadas en la sociedad. Se cree que es “natural” que alguien se violente internamente en ciertas situaciones y que eventualmente recurra a la violencia para resolverlas. Se presume que la violencia es parte de una llamada “naturaleza humana” y, por lo tanto, es inevitable e invariable. Más aun, se puede llegar a considerar a alguien cobarde, traidor, inhumano y demás, si no reaccionara con violencia ante ciertas situaciones.

El verdadero cambio solo puede originarse por la apertura de este comportamiento a otro esencialmente diferente, y este otro es un comportamiento cuyo signo sea la no-violencia.

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