• sábado , 19 octubre 2019

El aire que respiramos

ROBERTO BLANCO TOMÁS.

“El aire que respiramos”, qué título tan bonito para designar una realidad tan fea… Y es que creo que todos sabemos que el aire que respiramos en esta villa apenas es aire. No es algo nuevo: tengo casi cuarenta años, y recuerdo desde siempre la palabra “contaminación” asociada a mi ciudad. Y creo que es un problema irresoluble: como en todos los lugares donde vive mucha, mucha gente (varios millones), tengo la práctica certeza de que la contaminación nunca desaparecerá de aquí.

Pero que el problema parezca inevitable no quiere decir que debamos dejarlo estar y no hacer nada. Recientemente ha corrido mucha tinta y minutos de informativo respecto de la aplicación del protocolo ante episodios de contaminación por parte del Ayuntamiento en las últimas alertas en este sentido, y ahora el consistorio acaba de aprobar una nueva Ordenanza de Movilidad adaptando medidas de tráfico para afrontar este problema. Vaya por delante que no siento especial simpatía por ninguna formación o político concreto; aclarado esto, quiero destacar que las medidas adoptadas ante los últimos episodios de contaminación, ya nos parezcan las correctas, insuficientes o exageradas, no se las ha “sacado de la manga” esta junta de gobierno: ya existían; la única diferencia es que esta vez se han aplicado. Y ello en sí me parece positivo: por fin alguien se toma en serio esta cuestión, que al que esto suscribe le parece muy importante.

Entiendo que en un distrito como éste, que se encuentra en pleno “meollo”, en el centro de la nube de contaminación y rodeado de edificios que dificultan una vista algo amplia del horizonte, a veces cuesta ser conscientes de dicho problema. Estamos, por así decirlo, “aclimatados”. Nuestra vista se ha acostumbrado a vivir en esta nube, y nuestros pulmones, órganos internos al fin y al cabo, siguen funcionando mientras permanecemos ajenos al “colorcillo” que puedan estar adquiriendo. Por eso dejen que comparta con ustedes una visión que tuve, durante una de las últimas alertas por contaminación, en otro distrito: el de Carabanchel. Iba yo con mi compañera, en coche, por la calle del General Ricardos (que como seguramente sabrán, atraviesa ese distrito desde “los confines de Carabanchel Bajo” —Wikipedia dixit— hasta el río Manzanares). Bajábamos hacia el río por esta larga vía, en la que ya prácticamente desde la glorieta de Oporto se puede contemplar parte del skyline madrileño, cuando nos dimos cuenta de que no acertábamos a ver ninguna luz del mismo (y Madrid tiene un montón): nos las tapaba una especie de bruma que sobre la oscuridad de la noche dibujaba unos leves matices amarronados y otros, más pronunciados, grisáceos. Recuerdo que estábamos en un semáforo, y tardamos en reanudar la marcha. Desde otros vehículos nos pitaron, pero todavía nos costó unos segundos arrancar, tan en shock nos encontrábamos. Aquello, aquella porquería tan espesa y opaca como para tapar las luces de Madrid, lo estábamos respirando…

Ya digo: no sé si las medidas del Ayuntamiento son mejores, peores, exageradas o insuficientes. Yo conduzco y, aunque pretendo evitarlo sobre todo por comodidad, también uso el coche en la ciudad, así que también me afectan… Pero tengo claro que no quiero respirar toda esa guarrería, e imagino que nadie quiere. Así que algo hay que hacer, y tenemos que hacerlo tanto la Administración como todos los madrileños. Desde luego, lo primero de todo, tomar conciencia real de este problema.

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