• jueves , 19 julio 2018

Amenaza

PGARCÍA. Abril 2018.

En la salita de estar mamá hacía su labor de punto, papá rellenaba su quiniela y yo me afanaba con mi traducción de latín que debía llevar terminada al cole al día siguiente. Era la última hora de la tarde del jueves, la que María la criada libraba y se iba al cine con su novio tranviario. Escuchamos el ruido del llavín en la puerta, su voz anunciando “Señores, soy yo”, y el taconeo de sus zapatos dirigiéndose a su habitación. No habían pasado ni cinco minutos, cuando se dejó oír una exclamación indignada suya, el roce acelerado de las patas de un andador como en huida y el chasquido de un guantazo. Al instante siguiente se nos presentó María hecha una furia.

– ¡Señora, señor! — gritó –¡Acabo de pescar al anciano decrépito espiándome por el ojo de la cerradura de la puerta de mi cuarto mientras me quitaba la ropa para ponerme el uniforme! ¡Es la tercera vez que lo pillo! ¡No lo aguanto más! ¡Me despido y me vuelvo a mi pueblo!

A mamá casi le dio un pasmo, porque dependía para todo de María la criada. Papá, que lo sabía, le dijo con voz sosegada:

– No se precipite, María. Esto lo arreglo yo con el anciano decrépito. Sígame, por favor.

Dejó el boleto y el boli sobre la mesa y se puso en pie. Formando un grupo compacto, mamá, María la criada y yo, le seguimos al cuarto del anciano decrépito, donde el anciano decrépito estaba en su sillón, con una manta sobre las rodillas, todo polvoriento, porque desde hacía una semana nuestra mucama se negaba a pasarle el plumero.

– ¡Don Elías! — se dirigió papá en un tono terrible al anciano decrépito –. ¿Es cierto que se dedica a espiar  a María, la criada, cuando se desnuda para cambiarse y ponerse el uniforme?

El anciano decrépito le dirigió una mirada torva y nada dijo.

– ¡Sepa usted, señor mío – siguió papá, severísimo –,que en esta casa sólo el cabeza de familia está facultado para mirar por el ojo de la cerradura de la puerta del cuarto de la criada para ver como se desnuda y se pone el uniforme! ¡Y en casos extremos, el señorito, pero nadie más, que conste! ¡Nada de los ancianos decrépitos!

El anciano decrépito permaneció impasible.

– ¡Como me entere de que vuelve a mirar por el ojo de la cerradura cómo se desnuda y se cambia María la criada, le meto en una residencia para ancianos decrépitos, y me busco un anciano decrépito como Dios manda, viejo pendejo!

Oír la amenaza de la residencia y venirse abajo el anciano decrépito fue todo uno. Empezó a gemir y suplicar que se le aplicara cualquier castigo, pero que no le llevaran a una residencia para ancianos decrépitos. Papá se mostró inflexible, y el anciano decrépito se humilló y  se arrastró a los pies de María la criada, pidiéndole perdón y jurando que no lo haría más.

Gracias a la terrible amenaza de papá, el anciano decrépito no volvió a las andadas, María la criada consintió en seguir a nuestro servicio, y mamá suspiró como alguien a quien le quitan un peso de encima.

¡Cómo me vienen a las mientes estos recuerdos de tan lejanos años, cada vez que tengo que hacer un poderoso esfuerzo para reprimir los deseos de mirar por el ojo de la cerradura de la puerta del cuarto de Yolanda, la empleada del hogar de mis hijos, que está de pecado, ahora que me tienen en su casa como el anciano decrépito que soy!

 

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